Caterín Altamiranda, nacida y criada en la guerra, recibe la visita la de la Unidad de Frontera comandada por el Tigre, un militar del Circulo Argentino de Bordeu con mala fama.


Ninguna de las fuerzas de seguridad del Círculo de Bordeu se caracterizaba por su respeto por los docilizados, las mujeres o la humanidad en general, y la Brigada de Frontera era de lo peorcito. Entre estos, y pese a la abundante competencia, el Batallón VII de Infantería “Orden y Patria”, fundada y comandada desde siempre por El Tigre, se había hecho una fama cruel por su desconfianza y sus interrogatorios.

Caterín, como la mayoría de los perejiles que abandonaron la Resistencia Socialista Limeña con el coronel Molteni, pertenecía al Cuarto y último Círculo de Bordeu, y no podía discernir que le asustaba más, si la muerte por traición o la tortura que el chimango utilizaría para sonsacarle información. Un relámpago lejano anticipó un tronar, que sonó mucho más cerca.

Dos meses atrás, con trece años recién cumplidos, Caterín Altamiranda meditaba sobre qué rol ocupar dentro de la Cobija Socialista del General Manuel Lima. La mayoría de edad en la RSL empezaba a los quince años, así que el tiempo estaba dos años de su lado. Sus dudas pasaban por ser enfermera o seguir los pasos de su padre, en la Brigada de Fauna (aunque la especialidad de él eran los caballos y a ella le gustaban más los perros).

Sin embargo, el genio de Santiago Altamiranda, su amado y respetadísimo progenitor, no tuvo mejor idea que conspirar contra el Inexorable y toda su Resistencia Socialista. El pacto, firmado en sepulcral secreto con un encumbrado miembro del Círculo Argentino de Bordeu, incluía mantener los rangos y honores que los advenedizos tenían en la RSL, por lo que, a los oficiales como el teniente Altamiranda, les tocaba un lugar en el Segundo Círculo, el mejor lugar al que podía aspirar alguien en el CAB, que no fuera de familia patricia.

El Segundo Círculo seguramente tendría mejores condiciones de vida que la Cobija Socialista, pero el acuerdo hecho sobre una traición se pagó con más traición y los Altamiranda, así como todos los oficiales con excepción de Ardiles, el viejo jefe de espías limeño, el coronel Salvador Molteni y algunos más, terminaron en el Tercer Círculo. Casi nadie protestó. Todos sabían lo que Lima hacía con los fementidos y el Círculo Argentino de Bordeu era el único lugar que conocían, donde su mano no podría ingresar sin desatar una guerra civil.

Caterín Altamiranda, en cambio, no pudo evitar quejarse en público por la promesa incumplida, y ahí fue cuando los policías de Bordeu lo notaron. A diferencia de lo que pasaba en la RSL, su ley definía en trece años la mayoría de edad y, por tanto, Caterín podía empuñar un arma, trabajar o ser juzgada bajo las mismas condiciones que un adulto.

Acto seguido, la separaron de su padre, desplazada al Cuarto y último Círculo, junto con todos los traidores que no tenían un rango acorde para convivir con los niveles superiores. Santiago Altamiranda se hizo el boludo como el mejor, temiendo perder sus mínimos privilegios. La pequeña Caterín sintió hacia él un odio corrosivo y perenne, pero no podía decir que se haya sorprendido, ya que siempre lo había considerado un cagón.

 

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En la siguiente entrega, Los Círculos de Bordeu.

La Secta del Bosque Alto (Primera Parte)


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