CAPITULO UNO

I

Caterín Altamiranda, nacida y criada en la guerra, fue sorprendida por una ansiedad que creyó no poder disimular. A lo lejos, tres kilómetros o más, se veían luces de antorchas y candiles, moviéndose al ritmo del galope de la Brigada de Frontera del Círculo Argentino de Bordeu. El resto, merced a las nubes que cubrían la luna y las estrellas, era pura oscuridad.

Según las órdenes, ella tenía que esperar el último control del día debajo de la torre de vigilancia, conocida por todos como el Molino de Alférez San Martín, por lo que se puso la mullida campera de colores refractarios y descendió por una escalera caracol, emparchada hasta lo imprudente. Junto a la puerta, se miró en el espejo regalado (un lujo para alguien de su círculo), para que se pusiera linda para Carlo. Se corrió el largo pelo castaño de su cara, para dejar al descubierto sus ojos, dispuestos a todo, y la cicatriz que le hicieron sus patrones, para poder nomenclarla con una sola mirada.

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