Caterín Altamiranda llega al Círculo Argentino de Bordeu tras la Traición de Molteni contra el General Lima. La adolescente e asignada al puesto de vigilancia de Alférez San Martín, donde recibe la visita de la Unidad de Frontera con peor fama del CAB, comandada por el Tigre.


Los mitos, a los que daban crédito los traidores, decían que en el Segundo Círculo se vivía igual que en la preguerra. La electricidad no se escatimaba como pasaba en la RSL. Uno no tenía que comer obligatoriamente en los comedores o las porquerías de estación que venían en los bolsones, porque, en los campos de Bordeu, todavía existía el dinero y uno podía gastarlo en lo que quisiera. Las jornadas laborales en el segundo nivel eran de ocho horas y uno trabajaba de lo que deseara, si tenía algún talento para ello. En la Resistencia, siempre se había quejado el padre de Caterín, tu culo era del dictador Manuel Lima y él lo ponía a trabajar donde se le cantaba y por el tiempo que se le cantara.

Pero esas ventajas se daban en el Segundo Círculo. En el Tercero, la vida de cualquier humano valía menos que la de una vaca que diera una cantidad de leche más o menos decente, pero, con dedicación, buenas amistades y una vida correcta, un peón del Tercer Círculo podía llegar a escalar, para pasar sus últimos años en el paraíso jubilatorio del nivel superior.

En el Cuarto y último Círculo, en cambio, las personas tenían los mismos derechos que una silla, una pala o un aljibe. No existían ni los días libres, ni las posibilidades de progresar, ni siquiera el sistema monetario, que sí existía en la tercera órbita. Todos, patrones y docilizados, vivían recordándose constantemente los inconvenientes de lesionarse y el poco cariño que se tenía en el CAB por las cosas improductivas.

Llegar al Segundo Círculo no era siquiera un sueño para un “docilizado”, palabra implementada por los patricios para definir a los miembros del último círculo, buscando esquivar el uso de las palabras “esclavo” y “domesticado”, que les parecían demasiado crueles. El mayor objetivo para su existencia al que podía aspirar un docilizado era pasar sus últimos días en el Tercer Círculo, con una jornada de dieciséis horas diarias, seis días a la semana y que, con dedicación, buenas amistades y una vida correcta, sus hijos puedan morir en el segundo nivel, para que sus nietos puedan ser alguien en la vida.

Para los patricios de la primera órbita no había demasiadas interpretaciones. Si alguien de los círculos inferiores se rebelaba, lo mataban y lo reemplazaban por alguna de las tantas personas que, a veces con más voluntad, a veces con menos, llegaban hasta el CAB con la esperanza de no morir de hambre, frío o de una enfermedad que necesitase un médico o un remedio. Los “docilizados de Molteni”, como se conocía a los traidores limeños del cuarto nivel como Caterín, extrañaban la Cobija Socialista y solían hacer promesas, entre obscenas e imposibles, que cumplirían de volver a la RSL.

Por suerte, si es que se podía hablar de suerte, ella pudo conseguir un puesto como vigía en el Molino de Alférez San Martín. En realidad, el lugar estaba más cerca de Villarino Viejo, un establecimiento ganadero que, como el molino, pertenecía a los Pérez Lamadrid. Sin embargo, en Alferéz San Martín, la familia patricia tenía su residencia estable, imantando cualquier referencia que se encuentre bajo su área de influencia.

 Ahí, en el culo del mundo, la pequeña Caterín se mantenía lejos de la gente y de la tortura constante de los patricios del Primer Círculo, los patrones del segundo o cualquier boludo de nivel superior, o pretensiones de. Su trabajo, entre otros defectos, incluía soportar que Carlo Pérez Lamadrid abusara de ella cada vez que quisiese, pero, bueno, en el último escalafón de Bordeu, la soledad tenía su precio.

Cada vez que Carlo se la cogía con el mismo cariño con el que se cogería a un perro, Caterín pensaba en la vez que el borracho de Peuser proclamó, en una reunión del clandestino Círculo Cero, que «si para volver le tengo que hacer un homenaje al Viejo Lima, se lo hago y con una sonrisa en los labios». Caterín había escuchado la acepción limeña de “homenaje” unas cinco o seis veces antes, pero ese día comprendió que se trataba de algo sexual. De alguna forma, el humor de Peuser le dignificaba su propia humillación.

Sin embargo, Tigre, el peor de los chimangos, no era como Carlo, al que le chupaba un huevo si ella estaba disfrutando de su presencia o fantaseando en cómo matarlo. El Tigre, el capitán Tigre, tenía un ojo entrenado en escudriñar la traición y la mentira.

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En la siguiente entrega, el interrogatorio del capitán Tigre

La Secta del Bosque Alto (Primera Parte)


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