Caterín Altamiranda, docilizada del Cuarto Círculo de Bordeu, está asignada al puesto de vigilancia de Alférez San Martín, propiedad de los Pérez Lamadrid. Recibe la visita la de la Unidad de Frontera comandada por el Tigre.


El Tigre, el capitán Tigre, tenía un ojo entrenado en escudriñar la traición y la mentira. Caterín iba a tener que fingir el respetuoso miedo regular, al que el chimango estaba acostumbrado a presenciar ante un miembro del Círculo de la Escoria. Si él llegaba a descubrir un temor diferente, mandaría a uno de sus muchachos para que haga su magia y obtenga la verdad.

Caterín Altamiranda respiró profundamente y exhaló, en similar proporción. Respiró y exhaló. Respiro y exhaló todas las veces que pudo, sabiendo que todo el oxígeno del mundo no iba a ser suficiente.

― Buenas tardes, señor ―cuando El Tigre arribó junto a ella, Caterín había montado un frágil simulacro de miedo acostumbrado.

Bajo la trémula luz de las antorchas, el policía de frontera la miró con los ojos de la inclemencia. Los largos rulos de color indescifrable descendían sobre la cantonera del rifle que asomaba tras su espalda. Su ropa verde oliva, lo que también lo destacaba de sus compañeros que usaban el viejo uniforme tostado de la Prefectura Naval Argentina. La insignia, con los dos aros plateados bajo la cruz y el rebenque de Bordeu, lo identificaba como un oficial del Segundo Círculo, a diferencia de sus hombres, todos de la tercera órbita.

Un tintineo brillante sobre el lado izquierdo de su cinturón le advirtió a la pequeña Altamiranda de la presencia de un elemento tan célebre en el Tigre como su pelo amarillo: el Flagelador, un látigo de diez puntas que ella no había visto nunca en acción, pero sí sus consecuencias. Uno de cada diez docilizados tenía marcados en su rostro los triangulitos sanguinolentos que le recordarían, por varios meses, el hecho por el que fue ajusticiado.

Por las dudas, Caterín estaba en la posición que al chimango más le gustaba: la carita al frente, para que él pueda verla a su gusto, con los ojos sumisos mirando al suelo. Detrás de su jefe, en estricto marrón claro, los cuatro soldados del Batallón VII le dieron a ella la misma deferencia que le hubieran dado a un palo clavado en la tierra.

― ¿Novedades? ―Tigre nunca devolvía el saludo a personas de círculos inferiores.

― Ninguna novedad. Ni humanos ni perros ni otros animales.

De repente se generó un silencio incómodo. Se suponía que él diría alguna cosa y se iría pero, de repente, estaba ahí, callado y con actitud reprobadora. Caterín no quería ni toser, pero los segundos pasaban sin que se expresara palabra y el frío hacía cada vez más densa la espera, que podía ponerse húmeda en cualquier momento. Y, de repente…

En la siguiente entrega, El Enviado del Padre en la Tierra

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La Secta del Bosque Alto (Primera Parte)

 


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