Caterín Altamiranda, nacida y criada en la guerra, espera la llegada de alguien, tras la partida del agresivo capitán Tigre. En los campos de Bordeu en los que se encuentra, propiedad de los Pérez Lamadrid, comienza a llover tras meses de sequía.


II

― En la llanura pampeana, la visibilidad es todo ―le había dicho Carlo, la primera vez que se montó a Caterín Altamiranda en El Molino de Alférez San Martín.

Como su nombre lo indicaba, el puesto, alguna vez, había sido un molino. Después llegó la guerra y el ejército nacional improvisó atalayas en cualquier cosa que midiera más de cinco metros. Con la capitulación del Ejército Argentino frente al poderío del británico invasor, la defensa del suelo nacional quedó en manos de milicias populares y organizaciones paramilitares, fundamentales desde hacía años para que los ingleses no se instalaran definitivamente en el continente. El Círculo Argentino de Bordeu, fundado por grandes familias terratenientes que pusieron su fortuna al servicio de la patria, era de las más importantes, y no tardó en ganar tanto prestigio y consideración entre los argentinos, como respeto y precaución entre los ingleses.

Por eso, casi todos los oficiales de las Fuerzas Armadas, y algunos de sus subalternos que no fueron ejecutados tras la rendición, terminaron peleando para la cruz y el rebenque, con batallas que torcieron la guerra. Así surgió el Segundo Círculo, destinado a militares y emprendedores de gran aporte a Bordeu, pero que carecían de la sangre patricia de las familias fundadoras.

El Tercer Círculo bordense surgió de la expansión demográfica que experimentó la cruz y el rebenque tras las victorias militares y la garantía de protección, alimentos y cuidados médicos de las personas que estuvieran dispuestas a colaborar, de sol a sol, como soldados o peones rurales para los patricios. Por esos días, en un mundo que se caía a pedazos, la preocupación de cada argentino se limitaba a sobrevivir a la crueldad inglesa y, para muchos, la única opción real era ponerse el yugo de Bordeu, o morir.

Para esta sobrepoblación repentina, los representantes de las familias patricias decidieron acondicionar los puestos de vigilancia como viviendas, y, de paso, tener una dotación permanente de militares y trabajadores en la frontera.

En otros tiempos, el puesto de El Molino, que mantuvo el nombre pese a que las construcciones de Bordeu prácticamente lo había invisibilizado, llegó a albergar a unas cinco personas de círculos superiores y más de veinte docilizados, pero la guerra le derribó habitaciones enteras, dejando sólo las paredes levantadas sobre la estructura del original molino de viento. Ahora, con mucha buena voluntad, podían coexistir unas tres personas, pero sólo vivía Caterín Altamiranda.

Después de todo, el enemigo ya no era el poderoso ejército británico, sino ladronzuelos y animales salvajes. El último inglés había muerto casi un mes atrás, pero hacía años que los invasores estaban bajo asedio en el centro de Bahía Blanca, lejos de antaño, cuando sus tropas y aviones dominaban cada rincón argentino a sangre y pólvora.

Junto al fueguito, el cuerpo de Caterín empezó a retomar el calor perdido bajo la lluvia y no pudo evitar pensar en el Guti, al que había buchoneado delante del Tigre.

 

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En la siguiente entrega, Mohamed Gutiérrez, el Guti.

 

La Secta del Bosque Alto (Primera Parte)


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