Caterín Altamiranda, adolescente docilizada de trece años, añora sus tiempos en la Resistencia Socialista, mientras custodia el puesto del Molino de Alférez San Martín, propiedad de los Pérez Lamadrid, en las afueras de Bahía Blanca.

Junto al fueguito, el cuerpo de Caterín empezó a retomar el calor perdido bajo la lluvia y no pudo evitar pensar en el Guti, al que había buchoneado delante del Tigre.

El Guti era Mohamed Gutiérrez y por esos días debería estar disfrutando de las mieles de ser un héroe del Milagro de la Sede. Él tenía corazón amable y siempre la había tratado bien, pero a ella le resultaba un tanto boludón. Estaba todo el tiempo adulando a los más grandes para que le dieran bola, o buscándose una novia con recursos muy torpes.

Sin embargo, Caterín Altamiranda, nacida y criada en la guerra, se encontró extrañando al Guti. Se acordó con una sonrisa de cuando se la quiso levantar en el Pinar. Le llevó un ramo de seis panaderos, grandes como ciruelas, que había ido arrancado en el camino, y se sentó al lado de ella. Estuvieron una hora sentados y él, rojo como un tomate, no pronunció palabra. Ella finalmente se cansó, se fue y decidió para siempre que Mohamed Gutiérrez no era su tipo de hombre.

Un mes más tarde llegaría el verano y él conocería, durante una incursión de pesca a Pehuén Co, a una de las bellísimas y misteriosas hijas del Ruso Zeigarnik, el suegro que nadie querría tener. Al retomar la Formación, nadie le creía (Caterín tampoco), pero el Guti juraba y recontrajuraba que se habían besado y que ella, supuestamente de nombre Yael, hasta le había dejado tocar una teta el día que se despidieron. Eran los tiempos en los que la Traición de Molteni era apenas un susurro. «Ahora que es un héroe va a poder estar con la chica que quiera―fantaseó―. Y si quisiera estar conmigo podría pedirle a Lima que me perdone».

Una ilusión veloz brotó de las mejillas de Caterín y, con la misma rapidez, trocó en frustración. La esperanza era inútil. No había posibilidad alguna de escapar de Bordeu, gracias a sus kilómetros y kilómetros de campos sembrados, pastoreo de animales, puestos de vigilancias y patrullas permanentes en el laberinto sin paredes que era la llanura pampeana. Y, todo eso, suponiendo que toda esta locura del espionaje o el incomprobable amor del Guti, hagan que el General Lima, que no se había ganado el apodo de Inexorable perdonando gente, olvidara su traición.

Saturada, Caterín decidió que no iba a llorar más. Ya había llorado semanas enteras y nunca le sirvió para nada, pero, pese a la voluntad, no sabía bien qué hacer con esa incomodidad que le atravesaba el cuerpo. Buscando señales en cada ventana subió y bajó la escalera caracol una decena de veces, mientras Mohamed volvía a su cabeza a cada ratito, hasta que, casi sin darse cuenta, estaba pensando en cómo sería coger con él y se sorprendió a sí misma queriendo que eso pasara. Era la primera vez que pensaba en el Guti en forma sexual y, también, era la primera vez que Caterín pensaba con deseo en un hombre, desde que Carlo se lo arrebatara.

Cuando llegó el espía limeño, Caterín lo abrazó y no pudo evitar cerrar los ojos sobre su pecho, pese a que no se habían visto nunca en la vida.

En la siguiente entrega, el subteniente limeño Rafael Larralde.

 

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La Secta del Bosque Alto (Primera Parte)

 


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