Mientras custodia el puesto rural del Molino de Alférez San Martín, la pequeña Caterín Altamiranda, nacida y criada en la guerra, recibe la visita de un espía de la Resistencia Socialista Limeña. Afuera, la intensa lluvia y las patrullas del Círculo Argentino de Bordeu amenazan el encuentro.


Cuando llegó el espía limeño, Caterín lo abrazó y no pudo evitar cerrar los ojos sobre su pecho, pese a que no se habían visto nunca en la vida. El visitante se incomodó notablemente. Era un hombre de unos veinticinco años, de brazos nervudos, labio sonriente y una vértebra de ternero atravesada en cada oreja. Su piel tenía el color del café con leche y, su pelo, negro como esa misma noche. Vestía un camperón de cuero muy viejo y rasgado, del que cada tanto asomaban heridas de lana empapada por la lluvia. Las botas, si es que tenía, estaban completamente cubiertas de barro.


― ¿Caterín Altamiranda? ―preguntó el limeño y, ante la confirmación, reforzó el abrazo hasta que su boca quedó a centímetros de su oreja. El susurro se camufló con la lluvia― ¿Estamos solos?

― Sí ―informó Caterín, sin oponer resistencia al contacto― Y no va a venir nadie por algunas horas.

― Perfecto ―dijo el soldado de las vértebras y entró al Molino sin pedir permiso―. Soy el subteniente limeño Rafael Larralde, de la Sección de Infiltrada “Pablo Arriagada”.

― Sí, ya sé ―de repente, Caterín estaba emocionada―. O sea, no sabía que era usted-usted, pero sí que era de la Resistencia. Y también sabía de la Sección Arriagada. No que iba a venir alguien de la Arriagada, digamos, sino que existían. Mis amigas hablaban siempre de ustedes. Las de antes, cuando vivía en La Loma. Acá no tengo amig…

Rafael la calló con un sobrio gesto de su mano. En general disfrutaba cuando la gente le demostraba agradecimiento por su trabajo, pero el hambre, el frío y la lluvia habían mermado su paciencia. Al entrar, ella le ofreció sentarse pero el limeño se negó. El piso era de tierra, fácil para disimular las señales de su presencia, pero la silla, de madera y junco, podía no ser tan discreta.

La cosa no había comenzado mal, más bien todo lo contrario. De pura suerte, alguien de la limeña Agencia de Inteligencia y Legalidad había dado con un docilizado anónimo, miembro de una agrupación clandestina llamada Círculo Cero, que buscaba destruir, en un futuro que no estaba a la vista, la estructura de niveles de la cruz y el rebenque. El espía sostenía que el patricio Carlo Pérez Lamadrid estaba frecuentando mucho su zona desde que una de las docilizadas de Molteni fue designada, con menos explicaciones que sospechas, a un puesto de vigilancia en Villarino Viejo. También comentó que ella pertenecía a la misma agrupación, que odiaba al Círculo Argentino de Bordeu, pero que fue el teniente traidor Santiago Altamiranda, su padre, el que la obligó a abandonar la RSL.

Con eso y algún rumor más, la Agencia decidió contactar a Caterín. Si todo salía bien, la testigo podría tener información que demostrara el vínculo de Bordeu con la Traición de Molteni y, también, descubrir si los Pérez Lamadrid, y quizás otros patricios, tenían algo que ver con la secta asesina que sembraba el pánico y la desconfianza en toda Bahía Blanca.

Pero la extensa red de espionaje de la inteligencia de la RSL había quedado virtualmente extinta tras la Traición de Molteni, de la que no sólo habían participado muchos de los jerarcas de la Brigada de Fauna, sino también el jefe de espías al que todos conocían como Ardiles, y varios de sus hombres mejor posicionados. Los servicios secretos que no habían huido con el viejo jefe de espías, habían sido entregados al Círculo Argentino de Bordeu, a la Liga Democrática o la organización a la que estuvieran investigando, con destino tan incierto como poco deseable.

Por suerte para la Agencia, muchos docilizados, que eran los primeros en sufrir la escasez que venía con la sequía, se habrían metido corriendo bajo la Cobija Socialista de tener la oportunidad, por lo que la información se abrió camino para llegar a los oídos del Inexorable.

Sin embargo, una cosa era darle entidad a los susurros de un tipo desesperado y otra muy distinta era confiarle información confidencial, que fácilmente podía caer en manos de una unidad de frontera bordense. Por eso, para contactar cara a cara a Caterín Altamiranda, la única opción posible era un infiltrado y no había mejores infiltrados que los de la Pablo Arriagada.

En la próxima entrega, el Torneo de Pesca de Pejerrey Embarcado en Puerto Cuatreros.

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La Secta del Bosque Alto (Primera Parte)


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