Rafael Larralde es un infiltrado limeño de la prestigiosa Sección Pablo Arriagada, con la misión de contactar a la docilizada Caterín Altamiranda. El plan es utilizar el concurrido concurso de pesca de Puerto Cuatreros, pero, al llegar al lugar, se encuentran con problemas.


Sin embargo, todo lo perfecto del plan se desmoronó cuando el barco llegó al límite de Bordeu. En el puesto de vigilancia, estaba el oficial al que todos los limeños conocían como Gendarme y su equipo de cínicos hijos de puta, que habían llegado hasta ahí persiguiendo a un desertor.

Ese, Gendarme, no era en realidad su verdadero nombre. Nadie sabía su verdadero nombre, aunque sí su otro apodo: el Tigre. Un torturador, hijo de puta y asesino que era también un héroe en la guerra contra los ingleses y se vestía con el verde oliva de la extinta Gendarmería Nacional Argentina, a diferencia del resto de las unidades de frontera bordenses a las que se les imponían los tonos de marrones, por la camuflada razón de que ese era el color dominante de la Pampa Seca.

Al ver un barco de la RSL, el policía de frontera sospechó que podía estar escondido a bordo, probablemente porque se trataba de un traidor de Molteni, y el capitán Gendarme pidió revisar la nave. Tras un arduo debate entre el infiltrado Larralde y el Ruso Zeigarnik mientras llegaban a la costa, decidieron que no podrían seguir subiendo más allá del límite de la ciudad de Cerri, cuando el plan original era avanzar hasta las ruinas inundadas de la estación de servicio del kilómetro 711, sobre la Ruta 3, y, desde ahí, continuar a pie por la descomunal trinchera defensiva, abandonada desde hacía lustros, que Manuel Lima había ordenado cavar rodeando Bahía Blanca y que todos denominaban, algunos con mejor voluntad que otros, la Zanja de Lima.

El inconveniente no sólo le sumaba varios kilómetros a la travesía de Rafael Larralde. La proximidad con el Cuartel General de Villa Bordeu triplicaba los ojos atentos de las patrullas y transeúntes, dispuestos a vender información por un plato de comida. Por todas estas cosas, y la presencia de El Tigre, que siempre era un problema que obligaba a extremar las precauciones, el camino del subteniente de infiltrada hasta Alférez San Martín le consumió más tiempo del esperado, por lo que tendría que comenzar su vuelta lo antes posible, si pretendía llegar al punto de encuentro durante el torneo de pesca. Con eso en la cabeza, y ante una Caterín que no paraba de asentir, Rafael formuló el contrato de la manera más suave que pudo.

― Mirá. No sé qué idea loca te habrá contado Peuser pero te voy a decir lo mismo que le dije a él. Yo soy un intermediario, un mensajero. No tengo la capacidad de garantizarte que Lima te perdone o te dé un lugar en la Cobija. No puedo alterar tu parte del plan ni el de nadie. Ni siquiera mi parte. Tampoco puedo negociar nada. Sólo puedo transmitirte la oferta de la Resistencia. Si aceptás, seguimos adelante. Si no, me vuelvo ya mismo a la Sede con tu contraoferta y qué sé yo cuándo nos veremos de nuevo.

― Acepto ―la chica sonreía con felicidad―. No soporto más esto. Acepto. Acepto lo que sea.

A partir de ahí, todo fue más sencillo. «Sin duda mucho más sencillo que con Peuser», pensó Larralde. El anónimo que dio información y alojamiento al infiltrado de la Arriagada durante el día, cuando las patrullas de frontera revisaban hasta las piedras, tenía una fluida afición por la bebida, inversamente proporcional a su capacidad de callarse bajo sus efectos.

Para potenciar su irritante balbuceo etílico, estaba también el temita moral. A diferencia de la pequeña Altamiranda, Peuser sabía perfectamente lo que Molteni le estaba haciendo a la RSL. No era una menor, obligada por su padre. Era un traidor, hecho y derecho.

Caterín, en cambio, parecía transparente y repleta de buena voluntad. Quiso empezar a explicarle que el traidor fue su padre y que ella no sabía nada, pero él la calló porque quería que quedara registrado. Después le explicó que en unos días iba a venir él u otro miembro de la Pablo Arriagada para llevarse el aparato de preguerra que utilizarían para grabar las voces que se dijeran esa noche y, si el General Lima así lo consideraba, a la propia Caterín Altamiranda. Rafael Larralde había pensado en todo el viaje hasta Alferéz San Martín que ella se iba a quejar, que iba a querer irse esa misma noche, pero no. La pequeña aceptó las condiciones sin chistar.

― Lo primero que vamos a hacer entonces es grabar todo lo que pase esta noche ―Rafael Larralde sacó, de un bolsillo oculto en su camperón, un grabador de preguerra que, pese al tiempo, mantenía un buen aspecto―. Después te voy a hacer unas preguntas.

― ¿Es… de antes? ―arriesgó Caterín, al ver el pintoresco aparatejo, un grabador digital, con batería de litio y memoria incorporada, que entraba en la palma de una mano pequeña.

― De preguerra, sí.

En la Sección Arriagada estaban habituados a utilizar armas y tecnología de preguerra, pero era evidente que no era lo mismo para la pequeña Altamiranda. El subteniente decidió que podía ser útil darle alguna tarea a la chica, así que le extendió el grabador.

― Agarralo. Parte de las condiciones es que aprendas a usarlo ―la mentira sonó artificial pero la chica cumplió la orden con una sonrisa―. Ese botón hace que grabe todo lo que digamos. Apretalo con el dedo. Bien ¿Ves esa luz roja? Demuestra que está grabando. Si no está prendida, volvé a tocar el botón hasta que se prenda. Ahora lo vamos a esconder ―el limeño caminó hasta una repisa desvencijada, donde un par de cacharros de barro lucían telarañas ancestrales―. Ahí. Bien. Para abajo, pero. Con la luz para abajo así no llama la atención. Bien ¿Ves esas rayitas? Por ahí entran los sonidos al aparato. Apuntalas al lugar donde Carlo Pérez Lamadrid suele hablarte.

La docilizada Caterín Altamiranda apuntó el micrófono hacia la cama. La chica mostraba entusiasmo y había que reconocerle que entendía todo con bastante más facilidad que la mayoría. Pese a sus palabras previas, Rafael Larralde pensó en elevarle un informe al General Lima solicitando su indulto y ofrecerle un lugar como su aprendiz en la Arriagada o en la Agencia, si prefería no hacer carrera militar. También tenía buena relación con los dos capos de La Loma: Yucatán, el comandante de Fauna tras Molteni, y con Romina Banega, célebre por no tener hombres entre sus filas, por lo que no le costaría mucho conseguirle un puesto a Caterín.

― ¿Qué sabés de la secta de San Lamorte? ―dijo él, cuando se acercaron a la zona alcanzada por el grabador.

Seguir Leyendo

En la siguiente entrega, el final del primer capítulo.

 

La Secta del Bosque Alto (Primera Parte)


0 commentarios

Comentarios