Rafael Larralde es un infiltrado limeño de la prestigiosa Sección Pablo Arriagada, con la misión de contactar a Caterín Altamiranda. Pese a las complicaciones, el subteniente se interna en el corazón de Bordeu, donde es bien recibido por la posible espía y le comunica la misión que tendrá que realizar para el General Lima.


― ¿Qué sabés de la secta de San Lamorte? ―dijo él, cuando se acercaron a la zona alcanzada por el grabador.

Ella demoró su respuesta. El limeño pensó que estaría distraída con el tema del aparato pero enseguida notó que estaba mirando su oreja o, mejor dicho, la vértebra de ternero que tenía atravesada en su oreja. Los pirsin habituales eran balas de preguerra o artesanías hechas en madera o cobre, y rara vez tan grandes.

― Lo encontré muerto. No era un humano. ―por algún motivo, Rafael Larralde sintió que tenía que aclararlo―. Era de un ternero.

― ¿La secta? ―Caterín dejó de mirarle la oreja― El Regimiento de Patricios terminó con la amenaza. Dijeron que eran Hijos de Fierro que mataban gente porque sí, pero en el Circulo Cero dicen que lo hacen para desprestigiar a los Hijos. Carlo Pérez Lamadrid participó de la pacificación.

Rafael Larralde no pudo disimular su sorpresa. Más allá de la ingenuidad de la chica, la situación sobre la secta de chiflados parecía tener realidades diferentes en territorio limeño, donde las matanzas eran cada vez más habituales, acompañadas de rituales a un tal San Lamorte, fuego, explosiones y pintadas que juraban que la era de la muerte estaba llegando o consignas similares. Tampoco la Liga Democrática, la Comunidad Mapuche, ni siquiera las bandas antisistema estaban a salvo de su crueldad.

Hasta ese momento, Rafael Larralde consideraba que los Patricios eran tan víctimas del salvajismo como cualquier bahiense, quizás de peor manera dado que todos sabían que el tal San Lamorte había surgido en sus campos, pero la docilizada contaba otra versión y el hermetismo tradicional del Círculo de Bordeu no colaboraba en alumbrar la verdad. Podía ser una mentira del Primer Círculo para contener el terror en los niveles inferiores, o bien podía ser una señal que avalaba las peores sospechas que el General Lima no quería exteriorizar, pero todos los limeños con un mínimo rango militar conocían perfectamente.

― ¿Qué saben por acá de lo que pasa en la Resistencia? ―el subteniente necesitó equiparar los dos mundos.

― Sé lo del Enviado del Padre en la Tierra y lo del Milagro de la Sede. Sé que el coronel San Martínez no puede pelear porque le lastimaron una pierna. Sé lo del Torneo de pesca. ¿Lo de la enfermedad de Lima es cierto? ―la cara de Larralde no demostró emoción así que Caterín siguió enumerando, con pausas de pensamiento cada vez más grandes entre elemento y elemento―. Sé que la enorme coronel Trinity Álvarez, ejem, violó al “Yeneral Pis” antes de matarlo. Sé que pusieron al chino Yucatán en Fauna. Sé que Juana Tizón…

― Sabés un montón de cosas ―Larralde la interrumpió con una sonrisa, al ver que no iba a decirle lo que estaba esperando― ¿Nada sobre la secta de San Lamorte en territorio limeño?

― Nada ―confirmó la docilizada―. Pensé que habían desaparecido.

― Bueno, te tengo novedades entonces. La secta sigue con sus matanzas y rituales pero, según lo que contás, abandonaron las tierras de la cruz y el rebenque. No sé si sabías pero la Arriagada depende de Inteligencia y Legalidad ―la cara de Caterín formó un signo de pregunta así que el limeño decidió aclarar―. Espías. La jefa de todos nosotros tiene la sospecha de que la secta de chiflados hizo un pacto con Bordeu y varias suposiciones apuntan a los Pérez Lamadrid, los dueños de estas tierras.

Ella se quedó en silencio pero no había asombro en sus ojos. Probablemente en ese mismo instante le estarían cayendo decenas de fichas que antes no quiso mirar sobre hechos y palabras de su patrón. Un par de veces Caterín estuvo a punto de hablar, pero se arrepintió. Rafael sabía que lo mejor era darle su tiempo.

― Supuestamente me viene a visitar esta noche porque se va unos días a preparar algo. Él dice que le traigo suerte. Yo nunca le preguntó nada pero después de… ―la pequeña Altamiranda bajo la cabeza para decirlo―… cogerme, habla. Yo le digo a todo que sí o ni le respondo. A él no le importa, pero. Habla, habla y habla. Así me contó lo de la pacificación de la secta y que le faltaba dar el último toque. No entendí por qué, pero me insistió varias veces con que en unos días le iba a agradecer a la vida por estar en Bordeu con él.

― Necesitamos que nos cuentes todo, Caterín ―Rafael Larralde puso su mano sobre el hombro de la chica, mirándola firmemente a los ojos―. Todo. Si nombró a alguna persona, algún lugar. Si te dijo alguna fecha precisa o habló de algún tipo de arma.

Caterín Altamiranda se tomó un tiempo para revisar en la caótica biblioteca que era su cabeza por esos días, mientras el limeño seguía tirando cosas que le podían servir al Inexorable. Seguía lloviendo torrencialmente sobre los campos. Adentro, había una decena de goteras.

―  Dijo algo de un bosque. Bosque algo. Eso. Bosque alto. Dijo algo de un Bosque Alto.

 

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En la siguiente entrega, Troya Domínguez.

 

La Secta del Bosque Alto (Primera Parte)


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