El primer capítulo transcurrió en las afueras de Bahía Blanca, en las tierras del Círculo Argentino de Bordeu. En el puesto del Molino de Alférez San Martín, Caterín Altamiranda recibió la visita del temible capitán Tigre y su Unidad de Frontera y, posteriormente, del infiltrado limeño Rafael Larralde. El subteniente de la Resistencia Socialista le propone espiar a sus actuales patrones, los Pérez Lamadrid, para volver a la Cobija Socialista, de donde nunca hubiera querido irse. Tras una sequía prolongada, una intensa lluvia riega las tierras bahienses.


CAPÍTULO DOS

I

El sol era apenas una rendija furiosa de luz amarilla, amaneciendo en el helado horizonte bahiense de posguerra y, mientras apuraba el paso, a la altura de la Terminal, el subteniente de la RSL Troya Domínguez envidió la chimenea humeante del Taller General de Motorizados.

El comandante de la Compañía, Miguel Larralde, al que todos conocían como el Chivo, estaría ya con sus tareas, al reparo de unos troncos ardientes y un mate caliente. En cambio, el joven Troya, comenzaba trotando otra fría semana, cargando dos bolsas de arpilleras, una con municiones y abrigo, y la otra vacía, presta para ser embutida con alimentos y medicinas.

En los papeles, sus nuevas obligaciones como comandante del Pelotón de Infantería de Villa Rosario lo tendrían que haber hecho zafar de las guardias y los abastecimientos matinales, pero, los faltazos inesperados del cabo Sánchez, se estaban convirtiendo en una rutina tan molesta como el sermón que se iba a comer del Gordo Yebra, que empezaría irremediablemente con un “te dije varias veces que no pongas en el primer turno del lunes a un borracho como Sánchez, menos al día siguiente del Torneo de Pesca de Puerto Cuatrero”.

Desde el fondo de su ingenuidad, recordó las promesas que Sánchez le había hecho, invocando a la memoria de su madre, de su hijo recién nacido y hasta del mismísimo Inexorable, y pensó que podía estar muerto o, lo suficientemente enfermo como para no presentarse aquella mañana, todavía sin sol. Una parte de Troya prefería que el hijo de mil putas esté muerto, antes que soportar, otra vez, que se presente algunos días más tarde, con su cara de roca y su maraña de mentiras.

Gabriel Domínguez, fallecido padre del joven comandante, solía repetir, entre mil frases, una que acompañó a su hijo en cada puteada: «el alcohol es el más poderoso antídoto hasta que se convierte en el más poderoso veneno».

Algunos trancos después, Troya, nacido y criado en la guerra, escuchó un rocanrol de antes, que latía a través de las paredes del taller de la Compañía de Motorizados. Inútilmente intentó descifrar qué canción o, al menos, de quién era el disco que estaba escuchando el Chivo. «La gente que no escucha los discos completos es porque no entiende nada de música» opinaba, tajante como siempre, Miguel Larralde, el mejor conductor de la RSL.

Por más que últimamente se la pasaran escuchando a Pappo, La Renga, Los Redondos y otras bandas de preguerra con las que el comandante de Motorizados lo bombardeaba noche a noche desde el estéreo de su camión, esa voz chillona y lastimada, que surgía de las tripas mismas del Taller General, no le sonó para nada.

El Taller General de Motorizados se emplazaba sobre la estructura de la terminal de colectivos de la Bahía Blanca de preguerra. Sobre la mitad de las viejas plataformas de ómnibus que daban a la ventosa calle Brown, la limeña Agencia de Obra Pública había levantado paredones de ladrillos de hormigón a la vista, sólo interrumpidas por una docena de grandes ventanales en altura, dos portones descomunales situados a ambos extremos y las chimeneas, distribuidas regularmente sobre la pared paralela a la calle. Una para cada uno de los cinco hogares a leña que eran necesarios para calentar, aunque sea un poco, ese monstruo de más de ochocientos metros cuadrados.

La otra mitad de las plataformas de la terminal continuaba techada, pero sin paredes, como era antes de que la guerra mundial matara al noventa por ciento de los argentinos, y, en ella, se sucedían autos, motos, camionetas, camiones y hasta un tanque.

En la plataforma uno, como siempre, descansaba el Liniers, un Chevrolet C-60, emblema de Motorizados y de toda la RSL, todavía con el acoplado mixto de su última incursión a localidades abandonadas en busca de provisiones, capaz de transportar una treintena de soldados y varias toneladas de todo lo que pudieran conseguir.

Ya con los desconocidos acordes a su espalda, el joven comandante del Pelotón de Infantería de Villa Rosario, un mono destartalado de dieciséis años, casi dos metros de altura, absorbente pelo negro y pseudobigote de mocos congelados, dejaba atrás el punto en que el arroyo Napostá se escondía bajo el asfalto y empezaba a remontar la ventosa Brown, hacia lo que quedaba del centro de Bahía Blanca.

 

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En la siguiente entrega, Tripa y Corazón.

 

La Secta del Bosque Alto (Primera Parte)

 


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