Apremiado por el tiempo, Troya Domínguez llega a la Barbacana de Falucho, en dirección al centro. Este acceso a territorio limeño fue el lugar de un hecho histórico, en la finalizada guerra de argentinos contra ingleses.


La última comunicación que recibieron las demás formaciones inglesas fue dentro de Villa Mitre. La soberbia no le permitió al general Peace ver lo que estaba pasando, hasta que los primeros hombres dispersos de la segunda columna empezaron a llegar desde la avenida Alem.

A la mañana siguiente se encontraron, en la intersección de Falucho y la vía, con una montaña ardiente de soldados y británicas banderas, que llevaba hasta la Municipalidad, gracias al viento sur que soplaba desde Villa Mitre, el hedor crepitante de la dignidad argentina.

Fue la primera vez que los ingleses escucharon el nombre de Manuel Lima. A unas veinticinco cuadras del palacio municipal, refugiado tras una muralla improvisada, el que luego sería conocido como el Inexorable, unificó a decenas de grupos armados o voluntaristas con los que, con el paso de los años, terminaron conformando la RSL.

La Muralla de las Vías era un bodoque de escombro, chatarra y hormigón que, por momentos, arañaba los seis metros de alto y cuatro de grosor, que recorría la línea férrea muerta que iba desde la avenida Sarmiento hasta Thompson, y había sido levantada en menos de dos semanas por lo que después serían la Agencia de Obra Pública limeña, alineada con el altiplánico coronel Héctor San Martínez, y la Compañía de Motorizados del mayor Miguel, el Chivo, Larralde.

El territorio amurallado tenía varios accesos, siempre custodiados, incluso ahora que la guerra con los anglosajones había terminado. Los chispazos con la Liga Democrática o el Círculo Argentino de Bordeu eran cada vez más intensos, pero tampoco faltaban las bandas antisistema, que atentaban sin discriminar agrupaciones, o los desertores que conseguían una opción mejor a la Cobija Socialista y decidían cobrarse, por la vía de la venganza, alguna atribución que el General Lima pudiera haberse tomado sobre su vida o la de los suyos. Y, claro, estaba la secta de chiflados que, últimamente, se había cargado a decenas de tipos en rituales expresivamente sanguinarios.

De todos los accesos al territorio limeño, la Barbacana de Falucho, a cargo de la coronel Trinity Álvarez, la Escarnecedora de Ingleses, siempre había sido de los más bravos. Sin embargo, esa mañana, el frío había asustado hasta los peligros, o eso pensaban en el paso, a juzgar por la vigilancia designada para la calle Brown, en dirección al centro.

En la garita, que en otros tiempos llegó a albergar a más de diez limeños, había un solitario soldado que en ningún momento miró hacia Villa Mitre, por lo que el joven de brazos inmensamente largos llegó hasta el acceso, ubicado sobre Falucho, sin que nadie lo viera.

Adentro, la barbacana tenía un techo alto, para el paso de vehículos de gran porte, un puesto de control blindado, un depósito de armas de tamaño importante, camas, una cocina para treinta personas con un baño diminuto, una salita médica y un sector para Fauna, con caniles y establos. Por sobre la muralla, unas pasarelas comunicaban el lugar con dos garitas externas: la que había cruzado Troya y otra destinada a controlar la calle Chiclana.

Los soldados, casi todos canabineros como el subteniente Domínguez, habían dispuesto sólo un guardia en cada garita y dos en la entrada, de cara al centro, un infante en el puesto blindado y un tirador en el techo. Era menos de la mitad de lo que indicaba el protocolo de defensa. Ni siquiera el responsable de Fauna estaba en los corrales donde, se suponía, sus histéricos perros ladrarían ante el menor movimiento enemigo.

El resto de los soldados, una docena de hombres y mujeres, dormitaban en los escalones, tomaban mate o jugaban a las cartas, y así los encontró el subteniente Domínguez, cuando entró sin ser visto por la puerta que daba a la ciudad de Villa Mitre. Contra una de las paredes, debajo de una pintura que recordaba la británica pira funeraria que se había realizado años atrás en ese mismo lugar, se leía la Cuarta Máxima de Lima, favorita entre los canabineros: “El soldado que cumpla con sus obligaciones no será juzgado nunca por su origen ni por su vida personal”.

 

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