El subteniente Troya Domínguez, protegido del Gordo Yebra, ingresa a la Barbacana de Falucho desde Villa Mitre. El joven de brazos inmensamente largos está llegando tarde a cubrir una guardia inesperada. Adentro del acceso a territorio limeño, el clima es de excesivo relajamiento.


Una docena de hombres y mujeres, dormitaban en los escalones, tomaban mate o jugaban a las cartas, y así los encontró el subteniente Domínguez, cuando entró sin ser visto por la puerta que daba a la ciudad de Villa Mitre.

― Señor. Está todo tranquilo, señor.

El comandante de la guardia se paró como un resorte y todos lo imitaron en segundos. Tenía veinticinco años y era suboficial, rango inferior al del subteniente Domínguez. Debajo de la CJS de canabineros, lucía el arco amarillo con las flechas violetas cruzadas, del Batallón I de Proyectiles “Los Turcos”. Había pasado menos de un trimestre desde esos días previos al Milagro de la Sede en los que, al reserva Troya, un suboficial le hubiera parecido casi una leyenda.

― Al toque. Con este frío no salen ni las ratas ―el joven Domínguez sonrió, tratando de quitarle ese formalismo de la subordinación que tanto le molestaba. Bajó al piso la bolsa con municiones al suelo, mientras, la vacía, reposaba cómodamente sobre su hombro izquierdo.

En segundos, hasta los que estaban durmiendo lo rodearon, para ver en persona al Enviado del Padre en la Tierra, como lo habían empezado a llamar a Troya, muy a su pesar, desde el Milagro de la Sede. Con una mirada rápida, descubrió que no conocía a nadie pero sí muchas de sus insignias, todas fieles a la canabinera Trinity Álvarez. Había algún que otro infante que respondía al también canabinero Fernando Yebra, pero mayormente eran todos soldados de la División Proyectiles, venidos de Tiro Federal, del Sanfran, de La Loma o ex prostitutas del Barrio Diábolo, que habían demostrado algún talento para las armas. Como era habitual en las unidades de la coronel, el porcentaje de mujeres era más elevado que en los de cualquier otro oficial limeño, salvo Romina Banega, célebre por no tener hombres entre sus filas.

― Sí, al toque ―aportó uno de los canabineros aparecidos. Vestía el marrón de los infantes limeños pero, a Domínguez, el parche de su agrupación, un pelado con una vela en la frente, no le sonó para nada―. Aparecieron unos pintas pero ni se animaron a entrar.

― Querían bardo, se les notaba ―dijo una chica de infantería, esforzándose por parecer poco emocionada. A Troya le llamó la atención que no portaba insignias canabineras, sino el ovario de fuego de Mujeres Junto al Socialismo, la agrupación de Banega―. Se fueron tranquilos cuando vieron que éramos más que ellos.

― Los seguimos hasta las vías, por las dudas ―se apresuró en aclarar el suboficial a cargo, haciendo expresivos gestos en dirección al paso a nivel de Chile y Montevideo.

Al ver que varios lo miraban con ojos devotos, preguntó, todo ilusión, si alguno podía hacer una guardia en el centro, porque su soldado había muerto. «Y si no murió, lo mato yo», concluyó Troya para sus adentros. Nadie se ofreció, por supuesto. Todos tenían órdenes de permanecer ahí y Trinity Álvarez no sería una enviada de ningún padre celestial, pero sus hazañas en la RSL le daban un carácter lo suficientemente mítico como para que nadie le desobedezca una orden directa.

Por suerte para él, de la garita blindada salió alguien a quien nunca había saludado, pero que le debía un favor. Era el sargento Cerruti, un hombre de confianza del teniente coronel Fernando Yebra, que había cometido el beodo error de hacer sus necesidades desde el balcón de su vivienda, en la planta alta de Garibaldi y Chacabuco, para indignación de su vecina del piso inferior.

En la siguiente entrega, Canabineros versus Bolivarianos.

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La Secta del Bosque Alto (Primera Parte)


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