En la Barbacana de Falucho, el joven subteniente Troya Domínguez consigue que lo ayuden con las provisiones que tiene que llevar hasta la Delegación en terreno neutral de la RSL, a la que está llegando tarde a cubrir a un soldado desaparecido que está bajo su cargo.


Al principio Troya Domínguez disfrutaba de los regalos, pero después le llenó las paciencias empezar a sentirse un ekeko al que todos le daban porro para que les trajera suerte. O, peor, que su vida no era más su vida, sino que era de los sueños, problemas y opiniones de los demás.

Por suerte para toda la RSL, en uno de sus días de recorrida espiritualoide, lo acompañó otro de los amigos de su padre fallecido, Paradiso Vivona. Con su parsimonia habitual, el Abuelo de todos los canabineros le hizo ver que no tenía sentido enojarse, que no iba a cambiar nada y que la gente iba a seguir haciendo lo mismo porque darle un porro a un semidios era lo mejor que tenían para hacer en todo el puto día, así que su recomendación era tratar de tomárselo con soda y parecer ocupado, como hace el Inexorable que siempre parece que vive de reunión en reunión, pero nada que ver. Vivona coronó el relato con una añejada anécdota en la que el General terminó una Asamblea por no sé qué tema y les pidió a todos que se vayan, menos a él, que por esos días era capitán. Todos pensaron que tenían que definir cosas importantes o que el Viejo lo iba a cagar a pedos, pero la realidad es que se pasaron toda la noche tomando vino de preguerra y hablando de la vida.

― ¡Muchas gracias! ―exageró su entusiasmo Troya Domínguez a la tiradora del Diábolo― Justo me estaba quedando sin nada.

Al decir esto, todos corrieron a sus mochilas y morrales para abastecer al Enviado del Padre en la Tierra. Sin embargo, él les dijo que les agradecía un montón, que no podía quedarse, pero que iba a tratar de pasar después, si tenía algo de tiempo, porque últimamente lo tenían de acá para allá. Dio un saludo general y enfiló hacia la puerta, pero se detuvo ante la pregunta de la mujer que sabía insistir.

 ―- ¿Cómo anda el Gordi? Hace rato que no lo vemos por el barrio.

Gordi era el apodo que las putas tenían para el comandante del Regimiento III de Infantería “La Gloriosa” y Centinela del Sur, teniente coronel Fernando Julián Yebra, superior directo, amigo y, de alguna forma, padrastro de Troya tras la muerte de Gabriel Domínguez. Para todos los que no eran putas, incluso sus enemigos, Fernando, muy a su pesar y su esbelta juventud, era el Gordo Yebra.

― La última vez que lo vi estaba borracho así que bien ―Troya le respondió con la verdad.

Con las risas y la admiración clavada en su nuca, el Enviado abandonó la Barbacana de Falucho en dirección a la Delegación Limeña de Vieytes y Teniente Magaldi. Lo único que lo acompañó de camino al centro fue el recuerdo de esa charla, íntima, privada, canábica y etílica, donde el Gordo Yebra le confirmó que iba a ser ascendido por el mismísimo General Lima a subteniente, rango mínimo para hacerse cargo de un puesto militar, tras una tramoya media rara que el Enviado del Padre nunca terminó de entender.

― No sólo vas a conocer al Inexorable, Troya. Él en persona te va a ascender a subteniente. Yo sabía que ibas a terminar comandando Villa Rosario. En los papeles va a figurar Campaña porque necesitamos el gancho de un teniente, pero el viejito lo único que quiere es que no le rompan las pelotas. Por la parte administrativa no te calentés. Te pongo a los mejores que tenga y sino le pido a Lemarchand que nos mande alguno y de paso lo tiramos para nuestro lado ―esa noche Troya sintió vértigo, mucho vértigo. Yebra, en cambio, le hablaba con la misma intensidad con la que le podía pedir que le llene el vaso con cerveza―. Vos aprendé. Quiero que aprendas. Y está con la gente. Sobre todo eso. Estoy charlando con el Viejo para explotar estas tierras ―el Gordo le decía Viejo a Manuel Lima con sus cincuenta y nueve años, aunque él rondaba los cuarenta y cinco―. Necesitaríamos reacondicionar casas. Restablecer el puesto de vigilancia del 5 de Abril. Quizás hasta podemos tener nuestros propios caballos ― Yebra siempre había querido tener caballos, pero Lima le decía que eso ya lo hacían, y muy bien por cierto, en la Brigada de Fauna―. Yo consigo los cupos bajo la Cobija. Vos hacé que laburen y no que vengan a rascarse como le pasa al boludo de Domingo Bautista en el Viajantes. Hace un mes que les encargaron acondicionar cincuenta casas. ¡Qué un mes! ¡Más¡ Si todavía estábamos en guerra. Ni una tienen los pelotudos ¿En cuánto terminamos las casas de atrás del Fortín? ¿Y los Constructores de San Martínez? La Escuela 16 la repararon en quince días ―todo el mundo sabía que la Agencia de Obra Pública había reparado la Escuela 16 en quince días, tras los primeros bombardeos británicos. Se enseñaba en las clases de historia de la Formación―. Toda la escuela. No tres techos putos como tienen que hacer estos. No importa, pero. Lo importante es que vos vas a aprender y vas a ser un gran líder. Necesitamos eso. Grandes líderes.

Fernando Yebra había terminado su discurso, con un gran trago de cerveza. Al otro día, el General Manuel Lima se excusó de participar de la promoción de Troya Domínguez, por razones de salud. Fue la única parte de las palabras del Gordo que no se cumplió. Eso y lo de tener caballos.

En la siguiente entrega, la Zona Neutral.

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La Secta del Bosque Alto (Primera Parte)


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