En su paso por la Barbacana de Falucho, el joven subteniente Troya Domínguez consigue que lo ayuden con las provisiones que tiene que llevar hasta la Delegación en terreno neutral de la RSL, a la que está llegando tarde a cubrir a un soldado desaparecido que está bajo su cargo. El Enviado del Padre en la Tierra se siente cada vez más molesto con su recientemente adquirida condición de santo.

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II

Después de salir de la Barbacana de Falucho, el subteniente Troya Domínguez experimentó la misma impresión de soledad matinal, pero con el desamparo ante la falta de la Cobija Socialista que regía sobre territorio limeño. Perros, caballos, y hasta humanos. Todos los seres que el joven de brazos inmensamente largos se cruzó en la ventosa calle Brown yacían sin vida, algunos en visible estado de descomposición, que el congelado día le ahorraba al olfato.

Según el pacto de la Nueva Bahía Blanca, el macrocentro, ocupado por los británicos durante la guerra, permanecería neutral hasta que se le encontrara algún uso justo para todos los sectores, lo que redundaba en que nadie se hiciera cargo de nada de lo que ocurría ahí. Los cuerpos, la basura y la mierda decoraban locales comerciales y casas destruidos hacía décadas, saqueados hasta los cimientos, inhabitables salvo para los animales, las nómades bandas antisistema y la vegetación, que en muchos casos se erguía imponente, abrevando sin rodeos del cemento erosionado.

― ¿Sabés lo que me da bronca? ―le había comentado a Troya el teniente primero Tomás Céliz, uno de los canabineros más simpáticos que conocía. Fue el día en que su Pelotón de Infantería XIV “Tripa y Corazón” sumó la guardia del consultorio médico de la Asociación, en la Delegación Limeña del Centro. En la reunión estaba Céliz, hombre de confianza del Gordo Yebra, que felicitó al joven comandante y le tranquilizó sus dudas, pleno en sonrisas, hasta que Domínguez le preguntó cómo era la vida tras la Muralla de las Vías. La cara del teniente cambió enseguida. Como a muchos limeños, no les gustaba estar fuera del territorio―. Cuando estaban los ingleses, nos mandaban a buscar los cuerpos al centro, sólo porque eran argentinos o algo parecido. Por respeto a nuestros caídos o un verso así, aunque hayan muerto de un resfrío mal curado. Ahora, nadie se hace cargo y los cuerpos se pudren ahí. Y siguen siendo argentinos. O algo parecido.

Al llegar a la helada calle Donado, Troya notó que había algo de movimiento. A diferencia de lo que pasaba con el resto de la zona neutral, los edificios que habían sido ocupados por los ingleses sí se repartieron entre los firmantes del Pacto y, lo que pasaba dentro de cada uno de estos, era exclusiva responsabilidad de la organización asignada.

El Enviado había llegado al centro, donde la palabra de Manuel Lima, a veces, necesitaba algo de fuerza para imponerse.

En la siguiente entrega, el Dinero Usado.

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La Secta del Bosque Alto (Primera Parte)


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