Troya Domínguez llega al desolador centro de Bahía Blanca, donde la Cobija Socialista limeña no tiene injerencia. Los transeúntes descubren al Enviado del Padre en la Tierra y lo rodean buscando su favor. Entre ellos está la madre de un soldado caído que peleó con el joven de brazos enormemente largos en el Milagro de la Sede.


― ¡Por favor, escuchen! ―con voz fuerte pero vergonzosa, Troya Domínguez empezó a hablarle a la multitud, que le devolvió un respetuoso silencio― Quiero ayudarlos si me dan la oportunidad. Tengo que llegar ya a la Delegación limeña y cuando esté ahí voy a tratar de que los atiendan. Por favor, déjenme caminar. Cuanto antes llegue, antes los voy a poder ayudar.

Mágicamente, la muchedumbre redujo su intensidad y casi que empezaron a separarse un poco. De repente uno empezó a aplaudir, otro vitoreó y la desesperanza trocó en una frágil felicidad de gente cagada y de piel amarillenta. Domínguez aprovechó el espacio para seguir caminando, y hablar con la mujer que, a tono con el resto, aflojó un poquito las uñas.

― ¿Su hijo era Silvio Latorre, no? ―preguntó en voz baja y ella se sorprendió hasta la descompensación.

Con firme mano, él contuvo la caída de la mujer. Ella se acomodó y el Enviado puso su palma en su frente, aliviando el peso de las tragedias sobre su cabeza. Era evidente que ella no había llorado en toda su vida, y más de uno podría pensar que tampoco sabía lo que era la risa.

― Usted lo sabe todo. Sí, Enviado. Silvio es mi hijo ¿Usted sabe dónde está? Hace meses que desapareció y no lo encuentro por ningún lado. Se fue persiguiendo a una chica ―la mujer fue aflojando de a poco sus palabras―. Bah, chica. Una puta del Barrio Diábolo. Y nos dejó solas. Con la casa que se cae a pedazos. Con la madre de la nena ya no sabemos qué hacer. No tenemos para comer, no tenemos leña y ahora esto ―dijo levantando a la bebé para que se vean sus diarreicas patitas―. No es mala persona, no sé qué le pasa a mí hijo. Nunca fue así. Yo no lo eduqué así…

Un extraño sonido comenzó a nacer desde la profundidad del cuerpo avejentado. Levantó la vista, para volver a ver a su mesías y no hubo vuelta a atrás. Lágrimas de desahogo, tan calientes como inesperadas, surcaron el rostro de ella, inundando a su paso una madeja de arrugas, vírgenes de llanto. Últimamente, Troya veía como su sola presencia hacía llorar a las personas más duras, y no hubo una sola vez en la que no se haya sentido incómodo.

― Silvio fue un héroe y con su vida salvó la Sede de la Resistencia. Su nieta puede ser atendida en los hospitales de la Cobija Socialista. No tiene que estar acá. La puede hacer ver en la Delegación. Lo dijo el General Lima ―informó Troya, creyendo que eso la iba a poner contenta.

―  Lima es un hijo de puta ―gimoteó la mujer, haciendo lo posible por disimular sus lágrimas―. Viejo asesino y pervertido, como la puta enferma esa. No quiero nada de él ―sentenció la mujer ―. No quiero que mi nieta se convierta en una prostituta.

― No va a ser prostituta ―empezó a decir Domínguez, hasta que desistió de pelear contra años de prejuicios en el poco tiempo que tenía―. Igual, no importa. Confíe en mí. Estoy llegando tarde a la Delegación y ni siquiera sé dónde queda. Búsqueme ahí en unos…

― Es allá ―lo interrumpió una nena, señalando en dirección a un enorme mural, casi doscientos metros más adelante, que Troya no había visto por estar revisando ventanitas.

 

En la siguiente entrega, la Delegación Limeña I: la Entrada

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La Secta del Bosque Alto (Primera Parte)


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