Troya Domínguez llega hasta la delegación limeña, en el desolador centro de Bahía Blanca. Por una desinfección, los consultorios están clausurados y la gente se agolpa en la calle. Adentro, los ojos se posan sobre el Enviado del Padre en la Tierra, que llega tarde a cubrir al cabo Mendoza.


El desalojo de los consultorios había sido muy eficiente, porque en la puerta no había nadie. Ni enfermos, ni personal médico ni devotos del Enviado, ni siquiera el cabo Mendoza. Apenas se escuchaba, desde una habitación doblando el pasillo, una declaración enojada proveniente de algún tipo de juicio, que a Troya le recordó a aquella vez que tuvo que declarar, por el sumario del sargento cagaviejas.

Traccionado por el razonamiento de que el Gordo Yebra, su comandante, le hubiera hecho mención a algo parecido a una desinfección, pegó la oreja a la puerta de pino, ubicado bajo la gran cruz roja. Desde adentro, el motor de un generador a combustible tapaba todo y Troya Domínguez pensó que, para desinfectar, quizás usaran alguna herramienta de preguerra que necesitara electricidad, pero eso no lo dejó tranquilo. Y que no estuviera en su puesto un guardia bolivariano, de los que se podía decir de todo menos que fueran irresponsables, no ayudaba a calmar su presentimiento. Desde el fondo del pasillo, sólo se escuchaba la voz del hombre enojado:

― Mirame a la cara y decime que en algún momento tuviste en cuenta que lo que estabas llevando eran perros ―Troya no sabía de Mao Rey más que su nombre, así que no reconoció su voz gritona, proveniente del cuarto donde se realizaba el juicio. En realidad, tampoco conocía su nombre, sino el apodo con el que el teniente de Fauna se hacía llamar: el Rey de la Manada―. Los llevaste más rápido de lo que indica el protocolo, con la música fuerte.

― Nada que ver ―mintió una voz que sí reconoció. Era el canabinero capitán de la Compañía de Motorizados, Roberto “Tito” Noche o, como le solían decir, el Diablo más veloz.

El caso había trascendido por involucrar a un capitán y a un teniente, de dos bandos eternamente enfrentados como la Brigada de Fauna y la Compañía de Motorizados. El Chivo, fundador y líder permanente de todo el brazo mecánico del General Lima, no se llevó para nada bien con el traidor coronel Molteni ni tampoco con su remplazante, el capitán Yucatán, del que dudaba públicamente de su lealtad. Por un supuesto acuerdo con el ex coronel, o por su inoperancia a la hora de prevenir y controlar el levantamiento de su brigada contra el Inexorable.

Con el fin de la guerra, uno de los sectores de Motorizados más afectados fue la Patrulla I de Motociclistas “Ruedas de Metal”, comandada por Tito Noche. No había mensaje o paquete que fuera tan urgente como para gastar el poco combustible fósil que quedaba, por lo que sus tareas fueron absorbidas por palomas, bicicletas, caballos o personas de a pie. El personal fue derivado a otras áreas de mecánicos, conductores de vehículos de mayor porte o lo que fuera necesario.

Todo esto ocurrió sin que el Diablo más veloz lo notara, hasta que fue a renovar sus días en la Cobija Socialista, exprimidos hasta el último segundo. En ese momento, descubrió que no había ninguna tarea que necesitara un motociclista. La única explicación que encontró en cada puto lugar donde consultó fue “Órdenes del Inexorable”.

Así que, de mala gana, agarró un puesto de chofer y eligió una misión para manejar la única Ford F-350 de la RSL, sólo para molestar al Chivo, tan fanático de la contra que organizaba excursiones con el único objetivo de conseguir repuestos para el Liniers, un camión Chevrolet C-60, emblema de la Resistencia, que ya era viejísimo antes de que empiece la guerra.

Pero, cuando Tito Noche se enteró que iba a tener que mudar las instalaciones de Fauna de la plaza de Villa Mitre a los terrenos del Parque Independencia, se quiso matar.

En la siguiente entrega, Hablando de la Libertad.

 

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La Secta del Bosque Alto (Primera Parte)


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