Troya Domínguez llega hasta la delegación limeña, en el desolador centro de Bahía Blanca. Por una desinfección, los consultorios están clausurados y la gente se agolpa en la calle. El Enviado del Padre en la Tierra tiene un pésimo presentimiento, justo cuando llega el cabo Mendoza.


Justo en ese momento, por el extremo opuesto del pasillo, apareció el cabo Mendoza con toda su cara de boludo. Tenía tres años más que Troya, pero nunca pudo dejar de ser cabo debido a que, básicamente, carecía de talento alguno. Al verlo, Domínguez comprendió que se conocían de alguna misión compartida, con opiniones diametralmente opuestas el uno sobre el otro. Mendoza era un típico soldado mediocre del coronel San Martínez, capaz de cumplir sus órdenes con tanta predisposición como ceguera.

― Buen día, subteniente Domínguez ―saludó Mendoza con una gran sonrisa en sus zonzos labios. Era casi tres cabezas más petiso que el joven canabinero.

― Buen día, cabo Mendoza ―la ansiedad de Troya desplazó un poco a la formalidad― ¿Por qué no está abierto el consultorio?

― Desinfección. Entró el doctor Zavaleta con otro médico de la Asociación que no conocía. Ramiro ―agregó el cabo, luego de pensar un segundo―. Ramiro Zavaleta. El hijo del doctor Zavaleta. Y dijo que no dejara pasar a nadie. Ni soldado, ni civil, ni nadie.

― ¿Y el doctor Ariel Zavaleta qué dijo?

El cabo Mendoza sumergió la cabeza sobre sus hombros levantados, mostrando sus palmas abiertas, como si ahí dijera que nadie le pidió que averiguara la opinión del doctor responsable del consultorio.

― ¿No viste en ningún momento a Ariel Zavatela? ¿Ni a Paula Korn? ¿Su mujer? ―las únicas respuestas que recibía Troya eran variantes igual de silenciosas del gesto anterior― ¿Te dio algo? ¿Un papel o algo?

― Me dio un aval del doctor ―informó Mendoza, mientras revolvía su nerviosa mochila.

― Ramiro Zavaleta no es doctor. Tiene mi edad. Dieciséis. Fuimos juntos a la Formación.

― Me dijo que era doctor ―fue la tibia defensa del cabo, que ya tenía el papel en la mano.

Troya se lo arrancó de un manotazo. Los avales eran documentos de puño y letra, por los que un superior transfería su poder a un subordinado por un tiempo o acción precisa. El joven Domínguez, como todo Huérfano de Lima, los conocía demasiado bien. Como se realizaban con un papel especial de preguerra y debían incluir un sello oficial, eran muy difíciles de falsificar, salvo para el hijo de dos de los médicos más considerados de la Asociación Médica.

El subteniente de brazos inmensamente largos ni siquiera se calentó en leer lo que decía el aval. Fue directo a mirar la firma o, mejor dicho, la aclaración de la firma, donde encontró los mismos trazos infantiles y difusos que había visto tantas veces en los cuadernos de su compañero de banco, en la Formación Básica Limeña.

― ¿Qué hacemos? ―preguntó el cabo Mendoza.

― ¡Andá a buscar al suboficial de la puerta! ―dijo Troya, un poco para sacárselo de encima―. Decile que busque a alguien que conozca la firma del doctor Zavaleta.

Ni bien Mendoza dobló a la esquina, el subteniente quiso abrir la puerta, pero estaba trabada. Adentro, sólo se oía el constante sonido del generador. Con su hombro, Troya dio un golpe corto y seco a la madera, pero no pasó nada. Volvió a intentar otra vez con más fuerza. Y otra vez, con más fuerza. Y otra vez con más fuerza, hasta que el pestillo cedió y el soldado limeño casi se va al piso del envión.

En la siguiente entrega, la Delegación Limeña III: los consultorios

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La Secta del Bosque Alto (Primera Parte)


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