Troya Domínguez llega hasta la delegación limeña, en el desolador centro de Bahía Blanca. Por una desinfección, los consultorios están clausurados y la gente se agolpa en la calle. El Enviado del Padre en la Tierra, preocupado, manda al cabo Mendoza a buscar refuerzos, mientras rompe la puerta para entrar a la recepción.


La recepción estaba casi a oscuras, por las persianas bajas y las puertas, todas cerradas. No había nadie sentado en las sillas ni en el escritorio y, si había algún otro sonido, se escondía sumiso bajo el que producía el motor del grupo electrógeno. El subteniente Domínguez abrió una puerta y encontró una sala pequeña, con una silla de ruedas y una camilla solitaria. Abrió la segunda pero, antes de entrar, descubrió una luz que se colaba bajo otra entrada, la del consultorio principal. Tras la puerta, una risa sicótica invitó a entrar a Troya, que arremetió con fuerza, enrollando el poncho con una mano sobre el pequeño escudo urbano de algarrobo, como le habían enseñado en la CJS. El retiro del poncho dio paso al marrón uniforme de los infantes limeños. También desenfundó el facón, que el Abuelo Vivona le había regalado tras el Milagro.

Adentro, aromatizado en nafta y sangre, el show estaba in media res.

Sobre una camilla, un morochón de amplia espalda tironeaba con una tenaza de una lengua, parado sobre el portador de la misma, devenido en cadáver desde hacía un rato. El asesino tenía un uniforme de un infante bolivariano y sus ojos, notablemente abiertos, estaban rojos como el mismísimo infierno.

El muerto, al que le habían cortado una mano y un pie, era Ariel Zavaleta, uno de los doctores de la Delegación del Centro y de cientos de batallas en el campo contra los británicos. A un costado, yacía su esposa, Paula Korn, tan prestigiosa como su marido, ya desmembrada y con el rostro deformado por el lingual tironeo. Con unas sogas, la habían atado a una balanza de hierro que había contra una pared, para que permanezca erguida.

Contra un rincón y todavía vivos, un enfermero y una funcionaria de la Agencia de Inteligencia y Legalidad permanecían amordazados, atados de pies y manos, con la cara contra el piso. El hombre miró a Troya con alguito de esperanza. Era alto, narigón y le habían metido un kilo de gasa en la boca para que no gritara. Pese a eso, parecía bastante calmo, quizás por miedo, quizás por resignación. La mujer, en cambio, estaba tan sumida en su llanto que ni siquiera notó la entrada del Enviado.

Dos chiflados más, eran monolitos sobre la humanidad indefensa de los prisioneros. Uno, el más grande, tenía un escudo antidisturbios de preguerra y miraba al limeño con los ojos bien abiertos y rojizos. Tenía otro uniforme robado, en su caso de un tirador de la CJS, y hacía un ruido constante y molesto por las fosas nasales, que superaba la línea sonora del generador eléctrico. Una cicatriz añeja, que pretendía representar una espiga de trigo, le cruzaba la cara, como a todos los docilizados rurales del Círculo Argentino de Bordeu.

El otro, flaco y bajito, no parecía drogado. Vestía un delantal de la Asociación Médica que a todas luces no le pertenecía, y sus ojos, con la inquieta atención de los imprevistos, recorrieron el cuerpo de Troya, la habitación, las posibles salidas, los cadáveres y a sus compañeros. En su cabeza tenía un gorro de lana, de colores demasiado alegres para su cara curtida y su concentración.

― Agárrenlo ―ordenó el hombre del gorrito colorido.

Una voz que Troya conocía desde la Formación Básica Limeña reforzó la orden a los soldados. Era Ramiro Zavaleta, hijo de los médicos asesinados y con quien Domínguez había compartido banco escolar; jugado al fútbol, a la escondida y a otros juegos en los recreos; se habían emborrachado y fumado un porro por primera vez y mil cosas más que conocieron juntos, por tener idénticos dieciséis años.

Y ahora estaba ahí, mutilando a sus propios padres y traicionando al Inexorable.

En la siguiente entrega, el Converso Ramiro Zavaleta

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La Secta del Bosque Alto (Primera Parte)


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