El Enviado del Padre en la Tierra encuentra a unos chiflados camuflados, mutilando médicos y enfermeros hasta la muerte. Mata a uno de ellos, mientras les impide la salida y reduce a otro, pero, cuando va a defenderse del ataque de un tercero, uno de los enemigos heridos le sostiene el facón con sus manos desnudas.


El supuesto monje no pareció amedrentarse por la caída del compañero y cargó contra Troya, que fue a levantar el facón para atacar, pero no pudo. Sin dejar de hacer ruido por la nariz, el grandote del brazo colgante soltó el escudo y sujetó el arma del limeño con la mano que le quedaba. Si el músculo en carne viva le generaba algún tipo de sufrimiento, lo careteaba como el mejor: era una de las grandes ventajas de estar drogado.

Sacando provecho, el otro chiflado atacó, con decisión y una fuerza que no se condecía con lo que se podía esperar de un hombre tan flaco. A puro reflejo, Domínguez giró sobre su eje y desvió el lanzazo con su escudo, que, sin la cobertura del poncho, hizo un crack estruendoso cuando una de sus tablas de madera salió volando contra la pared.

Por el impacto, el subteniente no pudo evitar caer al suelo, así que el loquito de la lanza y Ramiro Zavaleta aprovecharon la ocasión para huir. Mientras, el del respirar sonoro insultaba incoherentemente a Troya, sin soltarlo, pese a los golpes que este le propinaba desde el piso. Los otros chiflados ya estaban fuera del consultorio y no dieron señales de haberse encontrado con Mendoza y los refuerzos.

Luego de meditarlo medio segundo, el limeño decidió que capturaría vivo a alguno de los otros dos (preferentemente al hijo de puta de Ramiro) y le abrió la garganta a su rival, que, por fin, dejó de hacer el ruido molesto por la nariz.

Al salir a los pasillos, los chiflados ya no estaban. Tampoco el cabo bolivariano con cara de boludo, ni alguien que pudiera verificar la firma del difunto doctor Zavaleta, por lo que Troya Domínguez corrió hacia la salida, ignorando a todo el mundo.

En la puerta, todo parecía igual que antes, más la presencia de Mendoza. El suboficial agnóstico parloteaba con alguien de Inteligencia y Legalidad, quizás por algo vinculado a la firma del médico. Por más que estuviera a cargo de la seguridad en la Delegación del Centro y que odiara al Enviado del Padre en la Tierra, el subteniente Domínguez tenía rango de oficial, y nadie duraba demasiado en la RSL desautorizando superiores. Al verlo llegar, el bolivariano lo ignoró con desprecio. Ninguna orden lo obligaba a ser simpático, o a tener que correr para ponerse a su disposición.

Apurado, buscó a Mendoza y lo consultó por los dos chiflados. El cabo balbuceó alguna cosa sobre el hijo del doctor Zavaleta y señaló, en dirección a la calle. Pese al hacha (y al ir acompañado por un supuesto médico armado con una lanza casera), ni él ni ningún otro parecieron sospechar de Ramiro, que tenía cara y pedigrí de un tipo incapaz que cometer terrible locura. El subteniente Domínguez le cruzó la cara de un bife al cabo Mendoza, ante las miradas de civiles y militares.

― Ramiro Zavaleta es enemigo ahora. Vení conmigo ―dijo Troya y salió corriendo, con el golpeado siguiéndole los pasos. Sin frenar le dedicó unas palabras a los soldados―. Alguien que entre al consultorio a ayudar a los heridos y otro que avise que la secta acaba de matar a dos médicos.

― ¿A quién le avisamos? ―le preguntó alguien a su espalda.

― A Yebra, a Lima, a todos ―le gritó Domínguez y se fue, sin darse vuelta para ver si le habían entendido la orden. El percutir de decenas de pies corriendo en todas las direcciones fue suficiente confirmación.

 En la siguiente entrega, la Plaza del Sol.

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La Secta del Bosque Alto (Primera Parte)


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