Troya Domínguez, el cabo Mendoza y dos limeños más, persiguen a los dos miembros de la secta asesina, que acaba de perpetrar uno de sus rituales en plena delegación limeña. Llegan hasta la Plaza del Sol, que rebosa de gente hambrienta y soldados del Círculo Argentino de Bordeu. Los limeños se dividen en dos bandos.


La improvisada unidad se dividió y la escuadra del Enviado encaró hacia la derecha de la plaza, buscando un lugar alto desde donde seguir a los asesinos. Mendoza, el falto de talento, lo siguió obediente, justo cuando un alboroto empezó a desatarse entre el gentío.

Primero, Domínguez pensó que el quilombo se debería a la presencia armada de los chiflados o de los uniformados limeños, pero, para su sorpresa, la furia se encaraba hacia el vallado bordense y los soldados que estaban detrás.

El joven subteniente y el cabo Mendoza se subieron a un paredón lo suficientemente elevado como para poder seguir las acciones generales. En el revoltijo, había perdido a los fugitivos, pero los dos soldados de la RSL se mezclaban entre la gente con convicción, como sabiendo hacia dónde iban, por lo que Troya empezó a buscar delante de ellos.

En ese momento, una vaca escuálida y solitaria deambulaba por la calle asfaltada, hacia una tarima que oficiaría de matadero. No era difícil comprender la reacción de la gente. Con un ganado como ese, hijo indudable de la histórica sequía que asolaba a la región, la carne no alcanzaría ni para un cuarto de los consumidores.

Finalmente, los pardos ojos de Troya divisaron el gorrito colorido y a los dos asesinos de delantal médico. El joven limeño se preguntó por qué el chiflado no se habría sacado el gorro. De haberlo hecho, probablemente no lo hubieran encontrado nunca.

― Seguime ―dijo Domínguez y Mendoza activó al instante.

Con grandes pasos, llegaron hasta la esquina, donde ambos se apostaron, esperando la llegada del enemigo. Al ras del suelo habían perdido de vista a sus objetivos, pero no tardarían en aparecer. Tampoco era muy probable que se metieran en el edificio, que parecía ser un gran mercado de alimentos. La única salida que tenían era el lugar donde esperaban Mendoza y Domínguez, a excepción de volver y cruzarse con los otros soldados del General.

Buscando al del gorrito colorido, si es que aún lo tenía puesto, Troya halló la cabeza del canabinero, que asomaba por encima del tumulto y, recién ahí, notó lo alto que era. Su compañero de la CJS tenía la vista fija hacia adelante, como un perro tras su presa, por lo que tanto él como Mendoza desenfundaron sus filos, a la espera de los chiflados.

Sin embargo, el canabinero atravesó la multitud y se metió en el edificio sin dudarlo.

 

En la siguiente entrega, el Mercado de Bordeu.

Seguir Leyendo

 

La Secta del Bosque Alto (Primera Parte)

 


Comentarios