Troya Domínguez, el cabo Mendoza y dos limeños más, persiguen a los dos miembros de la secta asesina, que acaba de perpetrar uno de sus rituales en plena delegación limeña. Llegan hasta la Plaza del Sol, que rebosa de gente hambrienta y soldados del Círculo Argentino de Bordeu. Los chiflados se meten dentro de un edificio.


Troya se desconcertó. Por un momento quiso tranquilizarse, asumiendo que la captura era inminente, dado que el mercado tendría algún tipo de seguridad y, por más enemistados que estuvieran el CAB y la RSL, nadie querría que dos sectarios armados deambularan por sus instalaciones.

Sin embargo, la tranquilidad de esa lógica le duró poco. Troya Domínguez no era de los que se quedaban esperando. Pensó en meterse en la multitud e ir tras los pasos de ellos, dentro del edificio, pero no tenía mucho sentido. Atravesar la furia de la gente le quitaría varios minutos y, para cuando llegaran, los fugitivos podían estar a cientos de metros del lugar.

El subteniente volvió a decirle al cabo falto de talento que lo siga, y juntos empezaron a bordear el edificio, buscando posibles salidas. La esperanza de que hubiera una única forma de escape, donde ellos pudieran tender una trampa perfecta a los chiflados, se desvaneció enseguida.

El mercado era un compendio de locales, uno junto al otro, donde se ofrecían frutas, verduras, cereales, harinas, panificados, leche, huevos, yerba de la eledé y mil cosas más. Cada veinte o treinta metros aparecía una subida de pocos escalones, levantada claramente en la preguerra, pero en excelente estado de conservación. Algunas incluso conservaban el grueso caño empotrado que hacía las veces de baranda.

A cada una de estas escaleras se le sumaban las posibles salidas, a través de algunos de los negocios, que habían improvisado sus propios accesos a la calle. Los compradores circulaban mucho más tranquilos por ahí que los que requerían carne vacuna.

El panorama visual tampoco colaboraba con la búsqueda. El sinfín de colores de las mercaderías, así como los carteles con los precios o los anuncios de ofertas, marearon a Troya Domínguez, que era la primera vez que estaba tan cerca del comercio y el uso del dinero. Aunque, luego de ver la desesperación a los pies del desprovisto matadero, tenía pocas ganas de repetir la experiencia.

En los negocios del CAB, los precios únicamente estaban en Pesos Moneda Nacional y, con agresiva cartelería, se aclaraba que no se aceptaban Australes democráticos. El joven de brazos inmensamente largos no necesitó ningún cartel para suponer que tampoco tomarían días en la Cobija Socialista como parte de pago.

― Creo que se fueron para allá ―dijo el cabo Mendoza, señalando tras el subteniente.

Troya miró hacia la cortada que tenía a su espalda, donde un grupo harapiento de chicos jugaba a la pelota, con un rejunte de trapos que ni siquiera llegaba a ser del todo redonda. Domínguez escudriñó al bolivariano de ojos inseguros. Como no se movió, el canabinero prefirió seguir confiando en su instinto y quedarse en el lugar.

Los minutos fueron cayendo resignados y el joven de brazos inmensamente largos pensó en dividirse para ingresar al monstruoso mercado del CAB o seguir la flojita pista de Mendoza, cuando los dos fugitivos salieron por la puerta de una licorería, derribando algunos recipientes que inundaron la mañana de un etílico olor a cítricos. Estaban exactamente igual que como entraron: delantal, armas y el gorrito colorido.

En la siguiente entrega, Desandando Caminos.

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La Secta del Bosque Alto (Primera Parte)


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