Troya Domínguez y el cabo Mendoza esperan ansiosos frente a un mercado bordense, a los dos chiflados disfrazados como médicos que acaban de perpetrar uno de sus rituales en plena delegación limeña. Entre los dos asesinos está Ramiro Zavaleta, ex amigo del Envíado. A toda velocidad, los miembros de la secta salen a la calle por uno de los comercios.


Los dos limeños se lanzaron en su persecución sin esperar a los otros soldados, quizás perdidos dentro del edificio. Al verlos, Ramiro Zavaleta y su monje emprendieron la partida hacia la helada calle Donado, donde doblaron a la izquierda.

Al llegar a la ventosa Brown, doblaron en dirección a la Muralla de las Vías, desandando el camino que el Enviado del Padre en la Tierra había hecho esa mañana helada de preguerra.

Los chiflados ya les sacaban más de una cuadra, pero las piernas gigantescas de Domínguez comenzaron a achicar la distancia pasito a pasito (y tuvo que reconocer para sus adentros que el cabo Mendoza no lo hacía tan mal).

Cuando estaban a menos de cincuenta metros, llegando a calle Pedro Pico, los chiflados se separaron. El supuesto monje siguió por la ventosa Brown, mientras el fementido Zavaleta encaró hacia la derecha, agarrando como para el sector que el Pacto de la Nueva Bahía Blanca había asignado al Círculo Argentino de Bordeu.

Troya miró hacia atrás, esperando fútilmente ver algún refuerzo. Ya jugado, consideró que Mendoza, el falto de talento, sería poca cosa para el chiflado de la lanza, del que se podía intuir un pasado militar, así que le ordenó que siguiera al inofensivo Ramiro. Por más que tuviera un encono personal contra su compañerito de banco, necesitaba pensar en lo más útil para la RSL y, un supuesto monje de cuarenta años que parecía comandar la misión, sugería ser mejor cautivo que un adolescente converso.

Horas más tarde, cuando los hombres de Héctor San Martínez encontraron al cabo Mendoza, deambulando por cualquier calle, confesaría que perdió de vista al traidor más importante del día al doblar en una curva.

A los pocos metros, Troya comprobó que la decisión de separarse de los chiflados tenía otro inconveniente para él: sin Ramiro Zavaleta, el supuesto monje pudo apurar el paso, demostrando cierto estado atlético. Durante el kilómetro y medio que separaban la Delegación de las inmediaciones de la Barbacana de Falucho, el subteniente Domínguez buscó inútilmente que alguien lo ayudara. En el desértico territorio neutral, el frío seguía espantando a todo el mundo.

Al llegar a calle Misiones, una cuadra antes de la barbacana, el chiflado dobló a la derecha y luego a la izquierda, por Beruti, en dirección al muro limeño. Recortándole metro a metro, el soldado de brazos inmensamente largos hizo lo mismo, y vio la muralla hacia la que se dirigía el supuesto monje del gorrito colorido. Troya conocía ese tramo, ya bajo custodia del Centinela del Sur, teniente coronel Fernando Yebra, el Gordo.

A diferencia del recorrido que iba desde la Barbacana de Falucho hasta Brandsen, a esa altura la muralla no tenía adarve sobre el paredón, por lo que las rondas de seguridad, que solían recaer en los soldados de bajo rango, se cumplían caminando por la calle, del lado limeño a la ida, del lado exterior a la vuelta.

La muralla al final de la calle medía más de tres metros y, estructuralmente, era un rejunte de autos destruidos, chatarra de variado tipo y escombros de todo calibre, recubiertos de hormigón, alisado del lado del exterior para que no pueda ser escalado. Por las dudas, en la cima del muro, esperaban filosos pedazos de vidrio y hojalata que llegaban a medir hasta treinta centímetros.

Al llegar al punto donde Beruti topaba contra la Muralla de las Vías, el chiflado ni siquiera intentó escalarlo, y dobló a la izquierda. «El punto ciego», pensó el subteniente Troya Domínguez, esperando sin mucha expectativa que la maniobra responda a la pura casualidad.

 

En la siguiente entrega, el Punto Ciego.

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La Secta del Bosque Alto (Primera Parte)

 


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