Troya Domínguez persigue a un supuesto monje de la secta asesina que aterroriza a toda la población. Luego de perseguirlo por el mismo camino que había recorrido en la helada mañana, el Enviado llega hasta el punto ciego de la Muralla de las Vías.


Todo soldado que haya rondado entre la Barbacana de Falucho y la entrada del Juan López sabía de la existencia de un pequeño tramo de menos de diez de metros, que quedaba fuera del rango de visión de las atalayas de ambos accesos a territorio limeño. Durante las rondas, el soldado que entraba al punto ciego estaba obligado a avisar a uno de los vigías y luego repetir el aviso al salir. Era una de las tantas obligaciones que se habían flexibilizado en el último tiempo.

Al doblar en el muro, el loquito de la lanza había desaparecido. En la atalaya del Juan López, la única que se veía desde su posición, había un soldado con el rojizo de la Brigada de Proyectiles. Desgraciadamente, estaba mirando hacia otro lado así que el Enviado priorizó el tiempo por sobre el protocolo. Entre tantas cosas por las que sería retado, esta seguramente pasaría desapercibida.

Fuera del área de visión de los vigías, el Enviado miró las construcciones (o lo que quedaba de ellas), buscando indicios del supuesto monje. Todo parecía muy igual, hasta que una puerta entreabierta llamó su atención. Al acercarse, vio que estaba raída por el óxido hasta la disfuncionalidad, pero con las bisagras demasiado brillosas, demasiado enteras. Era la entrada a una casa abandonada, peligrosamente al borde del derrumbe.

Contradiciendo todo lo aprendido en su entrenamiento con la RSL, Troya se adentró sin medir riesgos.

Dentro, raíces secas, apenas más gruesas que las canas del Abuelo Vivona, dominaban el revoque de las altas paredes, que sostenían la estructura de un techo de la que sólo quedaban las vigas y algún resto de chapa oxidada. Debajo del techo forjado, se había levantado, en un pasado bastante cercano, un endeble cielorraso de nylon y otros plásticos de preguerra, que apenas si protegían de la naturaleza a una guarida de la secta de los chiflados, plena en altares a la esquelética figura de la muerte. También abundaban los restos de velas frías, botellas rotas, tenazas, sierras y otras herramientas, todo tipo de vestimentas de soldados y personal civil de la RSL y algunas armas de escaso valor militar. En las paredes, el revoque, rayado frenéticamente hasta llegar el naranja del ladrillo, bombardeaba al joven soldado limeño con chifladas frases, de las que sólo retuvo “La Era de la Muerte está por llegar” y las letras “GNM”, que a Troya no le sonaron para nada.

Un escalofrío recorrió el espinazo de Troya, desde el culo hasta el cerebro, y no pudo evitar pensar en Ramiro Zavaleta en un lugar así. Si este tugurio existía en las narices mismas del Inexorable, evidentemente el factor interno era mayor que el supuesto.

De lo que no había señales era de vida humana reciente, ni siquiera del loquito de la lanza. El salón principal mostraba un piso desgarrado por una alta circulación de chiflados, pero todo parecía indicar que llevaba días desierto y, por un momento, el joven soldado limeño pensó que su perseguido habría vuelto a la calle por otra salida, hasta que un clack, sospechosamente humano, lo llevó corriendo a otra habitación.

El cuarto era pequeño y tenía un único acceso. La expresión que Troya escuchó en boca de Ramiro, “Sólo la Muerte es Justa”, había sido rayada en toda la pared izquierda.  En el pasado habría tenido una ventana frente a la puerta de ingreso, pero ahora estaba tapiada con material, el piso con restos de tierra y escombro. El único mueble, a la derecha de la habitación, era un armario desproporcionadamente grande para el lugar y para su enclenque estado, por lo que el subteniente Domínguez se acercó con veloz prudencia y golpeteó un par de veces con su facón, buscando una respuesta del otro lado. Decir algo en voz alta le pareció excesivo, así que empuñó su filo predispuesto con la mano hábil, mientras, con la izquierda, intentó abrir la puerta pero estaba cerrada. Otra vez.

El fenólico enmohecido no opuso tanta resistencia como el pino del consultorio de la Delegación Centro: cedió a la primera patada. Adentro del armario, Troya Domínguez encontró que toda la pared tras el mueble había sido demolida, dando paso a un patio rodeado de altos muros y con todas las aberturas tapiadas, a excepción de un túnel en la tierra, tan grande que el joven de brazos inmensamente largos podía entrar caminando, sin necesidad de agachar su cabeza.

El túnel, de completa oscuridad, se extendía bajo la casa y seguía, en estricta línea recta, más allá de lo que el soldado limeño podía percibir. Las instrucciones de la Formación, los consejos del Gordo Yebra, el sentido común, un par de anécdotas del Abuelo Vivona que terminaban en tragedias, y hasta algunas sentencias de su difunto padre, le sugerían no seguir al chiflado y volver por refuerzos, pero, cuando a Troya Domínguez algo le brotaba de las tripas, todo eso le importaba un carajo.

 

En la siguiente entrega, el Final del Túnel

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La Secta del Bosque Alto (Primera Parte)


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