Troya Domínguez persigue a un supuesto monje de la secta asesina que aterroriza a toda la población. Luego de perseguirlo por el mismo camino que había recorrido en la mañana, el Enviado ingresa a una guarida secreta de los chiflados, donde un enorme túnel lo lleva a un camino subterráneo.


IV

Troya Domínguez, nacido y criado en la guerra, empezó a correr por el fosco túnel, movido por un ruido que venía de la negrura, y que tardó varios pasos en reconocer como el eco de las pisadas del chiflado de la lanza, varios metros adelante.

Pese a su voluntad, Troya no pudo definir en qué dirección estaba corriendo. Había perdido la orientación de la ciudad al recorrer la casa y la silenciosa luz que ingresaba por las claraboyas no le dio pista alguna. Quiso calcular los metros que iba recorriendo pero le fue imposible, incluso considerando la luces exteriores, tan irregulares que no le permitieron definir referencias espaciales.

Ya desde los primeros pasos, se había generado un vínculo simbiótico entre los corredores, donde el eco de sus pasos era el elemento conductor. Si Troya aceleraba, el chiflado aceleraba. Si, podrido de que le mantengan el paso, bajaba la marcha para reponer energías, el perseguido también descansaba. Así, entre trotes tranquis y corridas a fondo, se fueron pasando los metros, hasta que el subteniente divisó una luz lejana, que después fue una salida cercana, por donde vio pasar al monje, unos siete metros o menos por delante de él.

Al salir al exterior, Troya Domínguez se encontró en el patio interno de una casa, derrumbada añares atrás. El acceso al interior de la vivienda estaba bloqueado, por lo que su única opción era una puerta, que daba hacia una calle de tierra y salpicones de asfalto derruido. La atravesó, buscando señales del fugitivo, hasta que, detrás de su nuca, un jadeo agotado reveló la posición del expectante asesino, escondido tras una cerca de pútrida madera. Sorprendido, el limeño giró su torso para esquivar el lanzazo, pero no pudo evitar caer el suelo, impactando con toda su humanidad sobre el facón que tenía sobre su lado derecho.

Sin dejar que se levantase, el supuesto monje se arrojó de punta sobre el caído. A puro reflejo, Troya levantó su escudo urbano, frenando el golpe, aunque no lo suficiente como para evitar que el filo llegue al músculo del antebrazo. Al ver la mueca del dolor y la sangre, que empezaba a dar un tono morado a la manga izquierda del uniforme marrón del limeño, el chiflado empezó a presionar con su arma, aumentando el dolor de su rival.

Al no poder utilizar su facón, el Enviado desenganchó el escudo de algarrobo de su brazo y giró ágilmente sobre sí mismo, entre brotes de sangre y un aullido sufriente. Ante la maniobra, el supuesto monje realizó un nuevo intento mortal con el escudo todavía incrustado en su arma, que le asestó a la tierra, quebrando definitivamente la madera. Cuando preparó la lanza para retomar el ataque, Troya Domínguez ya lo esperaba con el filo presto.

Al verlo preparado, el chiflado abandonó, cauteloso, su actitud ofensiva. Había descartado el delantal médico dentro del túnel y ahora despistaba con un uniforme bolivariano de una unidad que el subteniente limeño no llegó a reconocer. El gorrito colorido también había sido reemplazado por una boina que le quedaba enorme. El canabinero miró a su alrededor, tratando de deducir en qué lugar estaba. Nada, ni las paredes quebradas, ni el yuyaje que brotaba por doquier, le sonaron conocidos, pero supuso que tenía que estar en territorio limeño.

Casi por costumbre, hizo lo que mejor hacía: avanzar contra el enemigo.

En la siguiente entrega, Duelo de Filos.

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La Secta del Bosque Alto (Primera Parte)


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