Troya Domínguez persigue a un supuesto monje de la secta asesina que aterroriza a toda la población. A la salida de un misterioso túnel subterráneo, a metros de la muralla limeña, el chiflado lo ataca por sorpresa con su lanza, rompiendo su escudo y lastimando su brazo.


 

Con un paso de sus largas piernas, Domínguez se acercó al supuesto monje y le tiró un tajo a la altura de la cabeza. El enemigo retrocedió con experiencia y desvió el filo con la punta de su lanza. Era más petiso, pero el largo de su arma y la soltura con que la utilizaba compensaban la distancia. Era una situación extraña para Troya, acostumbrado a pelear con gente de menor alcance que sus brazos inmensamente largos y su facón de casi un metro.

Durante segundos, se miraron en silencio, girando en círculos, evitando terminar con una pared a su espalda. El chiflado, cada tanto, tiraba un tibio lanzazo a baja altura, que Troya esquivaba sin mayor dificultad. Tras uno de esos ataques, el limeño contratacó, buscándole el pecho con la punta de su filo, pero el enemigo sabía lo que hacía, y, con un saltito grácil, se alejó del peligro.

Nuevamente los rivales volvieron a tomar prudente distancia, con la persistencia del chiflado por atacar cada vez más bajo, prácticamente a la altura de las rodillas. El subteniente dedujo que lo que buscaba el supuesto monje era reducirle la movilidad, probablemente para seguir huyendo. Por algún motivo se acordó de lo que había tirado uno de los chiflados dentro del consultorio. “Dicen que no puede morir”. Troya decidió robarle la técnica. Después de todo, él lo necesitaba vivo para interrogarlo.

Esperó eternos segundos hasta que el chiflado volviera a atacarle las piernas, lo esquivo y contratacó, esta vez a la altura del muslo. Acostumbrado a esquivar golpes en su parte superior, el loquito de la lanza tardó en retirar su pierna y el filo le rajó la ropa y la piel. Contraído por el corte, se fue para atrás sin control, hasta dar contra una pared. Sin mediar dudas, Troya Domínguez avanzó y volvió a apuntar a las piernas. Su rival, esta vez, frenó el facón con su lanza, que salió volando de su mano por el impacto, junto con la boina inmensa, eyectada en la confusión.

Con su pierna derecha, el limeño barrió los pies del supuesto monje, que se fue al suelo. Ya tirado, el subteniente lo inmovilizó con su pierna y le puso el facón en el cuello, para terminar con la batalla. Recién ahí pudo notar que, bajo la boina, se escondía una cabeza prácticamente calva, a excepción de un flequillo con forma de triángulo. Del vértice superior del flequillo surgía una línea recta de cabello que le atravesaba el cráneo hasta la nuca. Todo el pelo, castaño oscuro, mantenía un hegemónico corte de no más de dos centímetros.

Cuando se descolgó de su cabeza y volvió a mirar la cara del chiflado para pedirle que se rinda, Troya notó que acababa de meterse algo en la boca. Sin pensarlo demasiado, soltó su facón y metió su mano casi entera dentro de la garganta del monje, hasta que empezó a tener arcadas y, finalmente, vomitó mucho líquido, una grumosa pasta marrón claro y, entre todo eso, una bolita compactada de un azul celestial.

Antes de que su vomitivo rival intente recuperar el veneno, el subteniente limeño la pisó y la mezcló con la porquería tirada en la tierra, todavía embarrada por la intensa lluvia de días atrás. Pero el monje no buscó la bolita azul, sino la herida que Troya Domínguez tenía en el brazo de su escudo. La buscó, la encontró y la presionó con sus dedos hasta lograr que Domínguez chille como un cerdo.

El monje de pelo geométrico agarró el facón del canabinero y levantó su brazo, para rematarlo. Desde el suelo, Troya no pudo hacer más que mirar a los ojos del chiflado. No había en la mirada del joven de brazos inmensamente largos miedo, ni siquiera un pedido de piedad. Sólo resignación y, quizás, alguna autocrítica inútil.

En la siguiente entrega, los Límites de la Muerte.

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La Secta del Bosque Alto (Primera Parte)

 


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