Luego de estar a punto de morir, Troya Domínguez persigue a un monje de la secta asesina dentro de territorio limeño. Al llegar al arroyo Napostá, el chiflado de pelo geométrico se lanza sobre una embarcación para darse a la fuga. El Enviado, nacido y criado en esa parte de la ciudad, recorre la calle paralela hasta el puesto fluvial de Mario García.


Domínguez volvió a la calle.

El joven de brazos inmensamente largos pudo haber bajado, para seguir al fugitivo por el borde del arroyo, pero esquivar las raíces de los árboles, los escombros y la basura de la vera, en un contexto de barro y charcos de agua todavía congelados por la noche, parecía tener un destino irreparable de caída al Napostá.

Otra vez, Troya Domínguez se puso a correr. La herida de su brazo le molestaba, pero no sangraba lo suficiente como para perder tiempo en torniquearla. Metros antes de llegar a la bajada del puesto fluvial, los gritos de ayuda de un niño anticiparon la tragedia. Sin reconocer su aguda voz, el soldado supuso que se trataría del hijo de Mario García, que solía acompañar a su padre en sus tareas.

La imagen desoló al Enviado. El encargado de los botes se desangraba en la orilla del Napostá, tiñendo de rojo las verdosas aguas que desembocarían en la ría. El soldado de brazos inmensamente largos no tenía conocimiento alguno de medicina, pero la profundidad de la herida, la cantidad descomunal de sangre que se perdía en el cauce y los ojos llenos de miedo del lacerado no auguraban que la esperanza del chico fuera a ser retribuida.

Al ver llegar al subteniente, comandante del cercano puesto de “Tripa y Corazón”, el moribundo suboficial le habló a su hijo. Entre llantos, el niño se paró y empezó a preparar un kayak. Mario García, hombre de confianza del limeño almirante Zeigarnik, le hizo una seña silenciosa en dirección al puesto y Troya la entendió perfectamente.

Se acercó a la precaria construcción de madera y sacó una escopeta del mismo lugar oculto del que la había sacado semanas atrás, el día de la Segunda Revolución. Aquella vez, como ya tenía un FN-Fal, que le había dejado el Gordo Yebra, entregó la escopeta y la bolsa con municiones a la difunta Sol Ricci, una de sus improvisadas subalternas.

Al igual que entonces, Troya Domínguez hubiera preferido el rifle, pero no le quedó otra que conformarse con la escopeta de perdigones. Antes de irse, accionó la alarma, una sirena a batería que chillaba tan fuerte que se escuchaba hasta en el Fortín, aunque el joven soldado habría apostado porque primero llegarían el Chivo Larralde y sus motorizados, que estaban a escasas cuadras de ahí.

Cuando volvió con el moribundo, el pequeño García había terminado de preparar el kayak, que esperaba a su jinete sobre el agua correntosa. Era pequeño, de un plástico duro, de un gastado rojo de preguerra. Disimulando sin éxito sus ojos llorosos, el niño sostuvo la embarcación hasta que Troya se subió y luego le pasó el remo.

― Matalo a ese hijo de puta ―fue lo único que dijo el chico. Troya prefirió no decirle que lo necesitaba vivo para interrogarlo.

― Cuando lleguen los refuerzos deciles dónde estoy. Primero que lo ayuden a tu viejo, igual ―mientras se internaba en la corriente, Troya no pudo mantener el silencio ante los pequeños ojos demandantes del hijo de García así que, simplemente, optó por mentir―. Va a estar todo bien, no te preocupes.

En la siguiente entrega, un Paseo por el Napostá

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La Secta del Bosque Alto (Primera Parte)


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