Herido en su brazo izquierdo, Troya Domínguez persigue a un monje de la secta asesina en Villa Rosario. Al llegar al arroyo Napostá, el chiflado de pelo geométrico se lanza sobre una embarcación para darse a la fuga. En el puesto fluvial, el Enviado consigue un kayak y una escopeta con los que capturar al asesino y se lanza a la corriente.


Por esas cosas de la adrenalina, Domínguez pensó en el Gordo Yebra ¿Qué habría hecho él? ¿Disparar por las dudas, recargando antes de llegar? ¿O esperar hasta el último instante y arriesgar a un único tiro? Sin esperar respuesta, el dedo tomó la decisión. El intento salió tan desviado que ni siquiera vio dónde impactaron los perdigones.

Sin perder tiempo en lamentos, Troya se abocó a la tarea de recargar. Faltaban menos de cincuenta metros. Cuando el chiflado notó que ya había sido descubierto empezó a gritar amenazas e insultos. Treinta metros antes del impacto, el subteniente Domínguez tuvo lista su arma y apuntó a su rival. O eso intentó, porque el vaivén del bote lo hacía imposible.

Decidió, entonces, que iba a esperar a estar a la menor distancia posible antes de disparar. Mientras más cerca, mejor. «Dos metros o menos. Lo justo para que no me ensarte», concluyó. Era muy probable que muriera, por lo menos uno de los dos, y Troya tenía muchas ganas de seguir viviendo.

El kayak casi llegaba a colisión cuando el joven soldado notó que la estructura oxidada generaba una especie de embudo en la corriente del arroyo, haciendo que sea inevitable golpear al otro bote. La maniobra sumaba complicaciones. Ahora tenía que disparar un metro antes, saltar a la otra embarcación esperando que no se rompa por el golpe y, de ser posible, esquivar la lanza.

El chiflado, advirtiendo esto, se había plantado en un sector elevado del chatarrerío, donde pudiera pararse con firmeza y cubrir, desde una posición elevada, casi la totalidad del bote encallado. Permanecía agachado, para ofrecer un blanco más pequeño, pero con las piernas listas para lanzarse al ataque, como un arquero de fútbol ante un penal.

El subteniente Domínguez miró a su rival y después miró el arroyo. Calculó mentalmente cuántos segundos faltaban para el impacto y apuntó con su arma, olvidándose por completo de su entorno. «Cinco», empezó a contar los segundos. «Cuatro», como podía, mantenía al chiflado tras la mira. «Tres», tomó aire hasta llenar los pulmones. «Dos», contuvo la respiración, como le habían enseñado. «Uno», y apretó el gatillo.

Sin saber si acertó el disparo o no, Troya miró los botes y saltó, con el ruido del impacto bajo sus pies. En pleno vuelo, levantó la vista y vio como el mordisco de perdigones que el loquito de la lanza tenía en su cabeza y hombro, lo desestabilizaba lo suficiente como para que Domínguez aterrice sin riesgos de ser espetado.

La caída no fue sencilla y menos cuando el kayak golpeó contra el bote, desestabilizándolo. La cara de Troya golpeó áspera contra el piso del casco de la embarcación de madera, con los dolorosos gritos de fondo del chiflado. El agua inexorable empezó a llenar el bote, con promesa de hundimiento.

― Te voy a matar, hijo de puta ―bramó el disparado y el limeño supo que tenía que darse vuelta lo antes posible.

El subteniente Domínguez giró contra el borde menos inundado y sintió el crujir de la madera cuando la lanza le pasó a centímetros del hombro. Antes de que el Napostá terminara de deglutir al bote, Troya se colgó de la chatarra y rápidamente pudo ponerse en guardia. El loquito de la lanza lanzó un golpe ansioso, que entregó su defensa.

Troya le lanzó un golpe con la culata de la escopeta a la cara y lo complementó con una patada de costado, amplificada por todo el peso de su cuerpo, apenas por encima de la rótula del chiflado, que cedió con un crujido. Era otra de las tantas maniobras que había aprendido en sus tiempos de reserva.

Un grito que era casi un llanto salió de la boca del loquito de la lanza y decenas de gaviotas se alzaron en vuelo entre graznidos. El joven limeño supo que había logrado su objetivo, mientras buscaba la mejor forma de aterrizar sobre una superficie que no ofrecía seguridades, tras el rebote ocasionado por la fuerza de su golpe. La escopeta cayó al arroyo y desapareció en segundos. El subteniente Domínguez había perdido dos armas en menos de quince minutos, pero poco le importó en ese momento.

Como pudo, el joven limeño apoyó sus pies sobre un pedazo de carrocería que todavía no había sido carcomida por el óxido, pero esta cedió y hubiera ido a parar al fondo del verde, frío y torrentoso Napostá, de no ser por el milagroso reflejo que lo hizo aferrarse a lo que debió ser el marco de una de las ventanas del colectivo. Mientras sentía en su piel el helado hierro oxidado que había atravesado los gruesos guantes, sus pies buscaban con desesperación un lugar en el que apoyarse.

Arriba, los gritos del chiflado no cesaban. Su pierna estaba totalmente fracturada por la rodilla, formando un ángulo de casi noventa grados entre el fémur y la tibia. Cualquier otra persona podría haberse desmayado pero el monje parecía tener una voluntad que le permitía mantener algo de conciencia (si se podía llamar conciencia a gritar como un marrano). No se veía la lanza por ningún lado, por lo que Troya descartó al loquito como una amenaza, procurando salvar su vida de la hipotermia y el ahogamiento, que lo esperaban bajo sus pies.

Resignado, sumergió sus piernas en el agua y encontró apoyo en lo que, supuso, serían las ruedas del vehículo. Los borcegos y el pantalón eran de supuestos materiales aislantes y herméticos, pero Domínguez sentía como, poco a poco, el frío le empezaba a subir por el cuerpo.

Trató de distribuir su peso de forma tal de apoyarse mayormente en las ruedas y no en el marco, que ya le laceraba las manos, a medida que se doblaba y amenazaba con quebrarse. Lo logró a medias, debido a que el eje de su cuerpo no colaboraba con la tarea, pero le bastó como para no seguir forzando tanto el hierro, mientras buscaba algún otro lugar al que aferrarse con sus brazos. Las gaviotas ya revoloteaban por sobre sus cabezas de a centenas y entre sus graznidos y los gritos del chiflado, Troya apenas si podía escuchar el correr del Napostá.

Apremiado por un marco que cedía centímetro a centímetro, todo alrededor de Troya auguraba un destino filoso, oxidado o quebradizo. Lo único que parecía seguro era el borde de una puerta que aún conservaba su burlete en condiciones aceptables, pero estaba a un metro, quizás más, lo que parecía extremadamente lejano al no tener una buena base desde donde saltar. Finalmente, el marco de la ventana cedió y Domínguez supo que era la puerta o el agua. Tomó una bocanada de aire, quizás la más grande de su vida, y saltó.

En la siguiente entrega, el final del segundo capítulo

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La Secta del Bosque Alto (Primera Parte)


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