Troya Domínguez persigue a un monje de la secta asesina por el arroyo Napostá hasta que un viejo colectivo abandonado les corta el paso y los obliga a encontrarse. Con su escopeta, el Enviado logra reducir al chiflado de pelo geométrico, pero casi se cae al agua. El hierro que lo sostiene está por ceder, por lo que decide saltar, para agarrarse de algo más seguro.  


Si la puerta hubiera estado medio metro más cerca, o un kilómetro más lejos, el resultado hubiera sido el mismo. Troya se hundió despatarrado en el Napostá y el frío lo perforó hasta los huesos. La corriente lo llevó hasta el fondo, donde su hombro izquierdo impactó contra una roca o una parte del colectivo, generándole un dolor del infierno. Como pudo, intentó impulsarse con los pies para salir a la superficie, pero el suelo era demasiado barroso, por lo que patinó y continuó bajo la voluntad del agua.

Con la última gota de oxígeno, se lanzó hacia donde él creía que estaba el aire, y pudo sacar el hocico el tiempo suficiente para meter algo en los pulmones. Sin embargo, una punzada en el hombro golpeado le hizo perder el control y volvió a sumergirse sin remedio. Intentó volver a bracear pero notó, a base de sufrimiento, que no podía contar con su brazo izquierdo. No era sólo el hombro. La herida del lanzazo sufrido al salir del túnel rebrotaba más dolorosa en cada movimiento.

A través del agua, los graznidos de las gaviotas se escuchaban lejanos, por lo que supuso que la corriente ya lo habría alejado varios metros del chiflado y su colectivo oxidado. Buscó impulsarse contra una orilla, pero también fue inútil. El agua bajaba muy rápido y la vera estaba demasiado resbaladiza como para poder aferrarse, al menos con un solo brazo.

En el esfuerzo perdió todo control de su cuerpo, como un cardo ruso impulsado por el viento. Pero las aguas tendrían todavía algo planeado para Troya Domínguez porque lo elevaron lo suficiente para que pueda atragantarse de aire, justo cuando los pulmones le empezaban a doler. Al salir oyó un sonido inconfundible, no muy lejos de él. Era una de las motos de la Compañía de Motorizados y, a juzgar por el inaccesible terreno pantanoso y la potencia del motor, sólo dos limeños podían conducir ese vehículo: el Diablo Noche o el comandante Chivo Larralde.

El sonido siguió escuchándose aún debajo del agua, pero el conductor no pareció notar la presencia de Troya porque siguió el rumbo del Napostá, probablemente buscando su cuerpo, vivo o muerto, metros más adelante. El subteniente Domínguez entendió que su vida dependía de él, y sólo de él, lo que de alguna forma le renovó las fuerzas.

Superando el pinchazo del hombro, se impulsó hacia arriba con ambos brazos y abrió la boca hasta el dolor ni bien sintió el aire en su cara. Se llenó de oxígeno, pero también de agua y barro cuando la corriente lo sumergió sin pedir permiso. Ya ni siquiera se escuchaba el sonido del motor.

Su cabeza golpeó contra el barro, volvió a girar para volver a pegarse de nuevo, esta vez de lleno en la cara. Intentó impulsarse con el brazo derecho (el izquierdo ya ni lo sentía) pero fue inútil. Pretendió patalear hacía la superficie, pero no llegó hasta el límite del agua. Volvió a intentarlo, con un furioso dolor que le rompía los pulmones y, finalmente, se resignó a morir, cuando algo lo golpeó de frente. Era un tronco que atravesaba todo el arroyo y Troya se aferró a él como un cachorro a la teta de su madre. Y, por fin, respiró y respiro y respiró.

― No pensabas que iba a dejar morir a mi profeta preferido ―la voz venía de atrás y Troya se dio vuelta para mirarlo.

Allí estaba el Chivo Larralde, embarrado hasta la cintura, con una enorme sonrisa en su cara recta, su nariz quebrada y sus chuzas al viento. Su enorme brazo extendido se acercó hasta el soldado moribundo y lo fue sacando, suave y veloz, del arroyo Napostá. Troya quiso decirle mil cosas, pero lo único que le salió fue ponerse a llorar como un nene.

En la siguiente entrega, comienza el Tercer y último Capítulo

Seguir Leyendo

 

La Secta del Bosque Alto (Primera Parte)


Comentarios