El primer capítulo transcurre en las afueras de Bahía Blanca, en las tierras del Círculo Argentino de Bordeu. En el puesto del Molino de Alférez San Martín, Caterín Altamiranda recibe la visita del temible capitán Tigre y su Unidad de Frontera y, posteriormente, del infiltrado limeño Rafael Larralde. El subteniente de la Resistencia Socialista le propone espiar a sus actuales patrones, los Pérez Lamadrid, para volver a la Cobija Socialista, de donde ella nunca hubiera querido irse. Tras una sequía prolongada, una intensa lluvia riega las tierras bahienses.

En el segundo capítulo, Troya Domínguez arranca su jornada en su Villa Rosario natal, camino hasta la Delegación limeña del territorio neutral. Al llegar descubre un nuevo atentado de la secta asesina, donde unos chiflados, entre ellos el traidor Ramiro Zavaleta, acaban de matar a dos médicos. El Enviado del Padre en la Tierra, cada vez más cansado de su flamante condición de santo, evita que asesinen a dos enfermeros, pero dos de los asesinos se escapan del edificio, desandando el camino que el joven de brazos inmensamente largos había recorrido esa misma mañana. Los chiflados se dividen y Troya va tras el de mayor rango: un monje con un corte de pelo muy llamativo. Después de atravesar un misterioso túnel subterráneo, bajo la muralla limeña, llegan al arroyo Napostá, donde continúa la persecución a bordo de pequeñas embarcaciones. Tras una maniobra arriesgada, el joven subteniente detiene al asesino pero cae al arroyo, herido en su brazo izquierdo, donde la corriente, alimentada por las recientes lluvias, no le permite hacer pie. A punto está de morir ahogado, cuando el mayor Miguel Larralde llega en su moto para salvarle la vida.


CAPÍTULO TRES

No habían pasado ni treinta minutos de la partida del subteniente limeño Rafael Larralde, cuando sonó con fuerza la puerta de la pequeña Caterín Altamiranda. Era raro. En las semanas que llevaba viviendo en las tierras de los Pérez Lamadrid, nadie había golpeado su puerta, o no por lo menos en el ecuador de la noche.

Incluso con la furiosa lluvia, el infiltrado de la Pablo Arriagada le había tirado piedras a la ventana, oculto tras unos tamariscos, por si el Molino de Alférez San Martín tenía vigilancia. Mientras que Carlo Pérez Lamadrid, la otra persona que vendría esa noche, tenía llave, y el concepto de intimidad no formaba parte del paisaje del Cuarto Círculo.

― ¿Quién es? ―preguntó, con la oreja pegada a la madera, y, como respuesta, una patada la tiró al piso con puerta y todo.

― No hay caso ―la voz del Tigre era inconfundible, incluso detrás de la rabia―. El que traiciona una vez, traiciona dos veces.

Acolitando al chimango de pelo amarillo, sus cuatro hombres reían, mascullaban obscenidades y escupían al piso. De un manotazo brutalmente adrede, uno de los policías de frontera le quitó la puerta de encima. El piso de tierra se levantó, en forma de una gran nube de polvo. El jefe le ordenó a la docilizada de Molteni que se levantara. Caterín Altamiranda, nacida y criada en la guerra, hizo caso, tratando de mostrar una determinación que no sentía ni por asomo.

― Esa puerta que acaban de romper es propiedad de la famil…

            El impacto del Flagelador en la cara la obligó a callarse, mientras un chimango farfullaba algo sobre la mentira y la traición. Segundos más tarde, ríos escarlatas que brotaban de cada herida desembocaron en los labios de Caterín, y, el sabor a sangre, le hizo sentir que el capitán Tigre sabía algo que no tenía sentido negar. Para confirmarle la sospecha, uno de los policías le lanzó a los pies dos bultos colorados de piel. Entre la perforación desmesuradamente vacía, y el forcejeo sanguinolento que le habían propinado para extraerlo, uno de los objetos era deforme e indescifrable. El otro tenía atravesado un hueso de ternero, que ayudaba a que todavía parezca una oreja.

― ¿Vas a hablar o le tengo que pedir al Muñeco que haga su gracia? ―interrogó el Tigre.

El sargento Espinoza, el Muñeco, le miró hasta los huesos. Tenía un rostro aniñado, con una nariz redondeada y brillosa, y unas pestañas inusualmente largas. Ella, después de ver todo tipo de objetos cortantes que colgaban de su vieja campera de la Prefectura Naval Argentina, no se animó a mirarlo a la cara y cumplió con lo que el subteniente de la Sección de Infiltrados “Pablo Arriagada” le había pedido: decir la verdad, la verdad que habían definido juntos.

― Él era Nicolás Segredo, de la Resistencia Limeña. Suboficial creo que me dijo ―él le había dicho que una chica de su edad no tenía por qué conocer a la confidencial Sección de Infiltrados, así que evitó mencionarla―. Se enteró que me habían separado de mi padre y pensaron que podía investigar a los Pérez Lamadrid para ellos. Me insistió mucho porque no tienen espías desde el levantamiento ―«traición»― de Molteni pero le dije que no, que ahora era parte del Círculo Argentino de Bordeu.

El Muñeco la escucho en absoluto silencio y continuó así, uno o dos minutos después de que ella terminara de hablar. Durante ese lapso, su única acción fue balancearse sobre sí mismo, buscando el mejor ángulo de Caterín, para concretar algo que ella prefería desconocer. El sargento Espinoza, el distintivo del Tercer Círculo en su uniforme, ya había tomado el centro de atención, mientras Tigre y el resto de sus hombres olfateaban el lugar. El marco, sin puerta tras la patada del chimango, daba paso al pampero húmedo, que doblegaba por escándalo a un fuego que andaba necesitando leña.

― Fue exactamente lo mismo que dijo el limeño ―dijo Espinoza e hizo una pausa. Sólo tenía ojos para un anzuelo de quince centímetros que tenía en la mano―. Hasta que se quebró y nos contó todo ―el policía de frontera dejó de observar el filo y la miró, recto a los ojos de la joven Caterín―. Todo.

En la siguiente entrega, Policía bueno/Policía malo.

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