Minutos después de despedir a Rafael Larralde, Caterín Altamiranda recibe la violenta visita del capitán Tigre y su Unidad de Frontera del Círculo Argentino de Bordeu. El chimango en jefe quiere saber sobre el infiltrado limeño y le da lugar al Muñeco Espinoza, un sádico sargento que le lanza dos orejas, con un hueso de ternero como el que portaba Larrlade, el joven subteniente de la Arriagada. 


― Fue exactamente lo mismo que dijo el limeño ―dijo Espinoza e hizo una pausa. Sólo tenía ojos para un anzuelo de quince centímetros que tenía en la mano―. Hasta que se quebró y nos contó todo ―el policía de frontera dejó de observar el filo y la miró, recto a los ojos de la joven Caterín―. Todo.

Era mentira. Tenía que ser mentira. La Sección Arriagada se destacaba por la resistencia y fidelidad de sus hombres. Se decía que llevaban pastillas suicidas y que su fundador se había degollado a sí mismo en una prisión británica, con tal de no revelar el escondite del Inexorable durante su exilio. Pero, por otro lado, El Tigre, Espinoza y toda la Brigada de Frontera de la cruz y el rebenque tenían amplia experiencia en torturas, golpizas e interrogatorios, que habían ablandado hasta el más improbable, como atestiguaban, reunión tras reunión, en el clandestino Círculo Cero.

Altamiranda, nacida y criada en la guerra, decidió que, si la iban a matar, moriría como una limeña.

― Señor, es la verdad. Lo juro. Por favor. Es la verdad, señor ―de golpe, Caterín estaba llorando.

― No mientas más nena ―el Muñeco, recién ahí ella notó lo bajito que era, se le acercó hasta que sus pestañas casi se tocaron. La cara de la pequeña Altamiranda estaba completamente cubierta por una película de sangre, con los diez triangulitos del Flageador destacados en morado oscuro―. Ya sabemos lo que te dijeron que digas ―Espinoza hizo una pausa para chequear los efectos de sus palabras―. Y sobre cómo nos ibas a traicionar―otra pausa―. Y lo que dijiste sobre los Pérez Lamadrid.

Ante el silencio indemne, sin que ella pueda verlos, Tigre le hizo una seña al rubio natural que tenía para que se haga el bueno. Se llamaba Agustín Moglia, un veinteañero del Tercer Círculo que veneraba a su jefe como a un dios.

― ¿Caterín, no? ―preguntó Moglia, mientras apartaba teatralmente al sargento Espinoza―. Te voy a decir la verdad. Este tal Segredo (él nos dijo lo mismo, que se llamaba así) era muy valiente y no terminó de decirnos todo lo que hubiéramos querido. Ahora, ¿vos sabés que tenés un problema, no? ¿Que si no colaborás, Pérez Lamadrid se va a enterar de algunas cosas? Pero bueno, yo ―el policía puso la mano abierta sobre su corazón―. Yo. Te prometo que, si nos decís lo que queremos saber, podemos hacernos los boludos y decir que la puerta la rompió el limeño. Ya inventaremos algo para… ―el rubito natural remarcó varios círculos con su mano, contorneándose el rostro―… tu cara, no te preocupes. Pero necesitamos que nos digas quién mandó a este tipo.

En la siguiente entrega, el Hermano Menor.

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La Secta del Bosque Alto (Primera Parte)


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