Minutos después de despedir a Rafael Larralde, Caterín Altamiranda recibe la violenta visita del capitán Tigre y su Unidad de Frontera del Círculo Argentino de Bordeu. El chimango en jefe le da lugar al Muñeco Espinoza, un sádico sargento, y al rubio Moglia para que la interroguen sobre el infiltrado limeño.


― Necesitamos que nos digas quién mandó a este tipo ―preguntó Moglia.

― No sé, no hablamos de eso. Supongo que Lima ―la pequeña Altamiranda se sorprendió por la pregunta y hasta la encontró un tanto estúpida. Todo el mundo sabía que nada en la RSL pasaba si el Inexorable no lo autorizaba primero.

― Ya sé, ya sé. No me refiero a eso ― el rubio le lanzó una sonrisa perturbadoramente tierna―. Queremos saber qué tan arriba llega esto. Si era un perejil que se mandó solo o si era parte de algo más grande.

― ¿Era de la CJS, no? ―el sargento Espinoza, ahora, se mostraba furioso, enfatizando cada palabra con gotas de saliva―. ¿Lo nombró al enfermo de Álvarez?

― Sabemos que era canabinero porque encontramos marihuana en uno de sus bolsillos ―intercedió Moglia, casi como un traductor, ante una Caterin que negaba todo con la cabeza ―. ¿No la nombró a la enorme coronel Trinity Álvarez?

― ¿O al gordo drogón? ¿No lo nombró al hijo de puta ese? ―preguntó a los gritos el Muñeco.

― Se refiere a Fernand…

― Listo. Ya está. ―dijo el mayor Miguel Larralde, más conocido como el Chivo― Paralo.

Nora Russo, directora de la Agencia de Inteligencia y Legalidad, le puso stop al conservado reproductor sonoro de preguerra. Movido por la tensión que habitaba dentro del insonorizado Salón de Asambleas de la Sede de la RSL, Néstor Correa, comandante de la Sección de Infiltrados “Pablo Arriagada”, se puso a juntar los mapas, objetos y papeles, que la jefa de espías había desplegado sobre el vidrio de la gran mesa de operaciones, ante la negación persistente que exhibió el mayor Larralde, cuando le informaron de la muerte de su hermano menor.

Como siempre que iba a la Sede, Miguel Larralde se había uniformado con su campera de cuero negro, decorada con un sinfín de medallas e insignias de todos los grupos a los que pertenecía, incluido el inmenso parche en su espalda de la Compañía de Motorizados, que tomaba como base la pajarita dorada de Chevrolet; las charreteras a los hombros, con el sol dorado de los mayores de la Resistencia Limeña; y el particular parche blanco de la CJS propio de los Motorizados, con las letras bordeadas en negro, únicos autorizados a prescindir del verde tricolor en su insignia. Sobre la mesa descansaba su casco liviano y sin visera, por lo que su pelada incipiente y sus chuzas irregulares deambulaban a gusto. Su nariz, sin ser tan voluminosa, llamaba la atención por la S en que se había convertido su tabique.

― ¿Qué vamos a hacer? ¿Qué va a hacer Lima con esto? ―dijo el Chivo, mientras se paraba. Sus ojos dirigieron su impulso hacia Juana Tizón, la mujer del Inexorable.

La directora de la Agencia de Cultura y Comunicación acusó recibo y se acomodó en su asiento para hablar. Vestía la misma camisa celeste y el mismo pantalón negro que todos los funcionarios de la CyC, pero su brillante pelo castaño a dos aguas y sus accesorios, que incluían desde metales brillosos a semillas secas, le escapaban a la uniformidad de sus colegas, aunque no tanto como el prendedor de directora de Cultura y Comunicación, y el sobrio anillo dorado que llevaba en el cuarto dedo de su mano izquierda.

Junto a Tizón, todavía sentados en la gran mesa de operaciones militares, estaban Nora Russo, la directora de Inteligencia y Legalidad; el teniente Néstor Correa, de la Sección de Infiltrados a la que pertenecía el hermano de Larralde; el amigo del Chivo, mayor Fernando Yebra, líder y fundador de la CJS; y Ernesto Conde, el jefe de los necromédicos, especialistas en autopsias, venenos y mortalidades.

En la siguiente entrega, Tiempo de Explicaciones.

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La Secta del Bosque Alto (Primera Parte)

 


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