El mayor limeño Miguel Larralde recibe la noticia de la muerte de su hermano menor en tierras del Círculo Argentino de Bordeu, durante una misión secreta. Para brindarle explicaciones, dentro de la Sede de la RSL, se encuentran algunos de los más importantes miembros de la Resistencia Socialista Limeña.


            Podría decirse que era un honor que el General instruya a varios de los más encumbrados miembros de la RSL para que le informen a alguien de la caída en combate de su hermano. No era algo habitual, menos en esa coyuntura, en la que, a pocas habitaciones del insonorizado Salón de Asambleas, Manuel Lima se reunía con parte de su mesa chica. La reacción se esperaba desde hacía días, luego de que el asesinato de los dos médicos de la Asociación Médica en la Delegación del Centro, coronara la preocupación previa: un endurecido y desconfiado protocolo de emergencia en seguridad, debido a los constantes atentados de la secta de chiflados, a la que un informe de la CyC refería como La Era de la Muerte.

― Sentate, Miguel. Por favor ―le pidió con dulzura, su amiga Juana Tizón, pero el Chivo no movió un músculo por hacerle caso. La mujer de Lima siguió hablando, al entender que el hermano mayor del infiltrado caído no se iba a sentar―. Vos sabés perfectamente lo que todos te valoramos y todo lo que te valora Manuel. A vos y a toda tu familia. Sabés también que varios en esta habitación tenemos un cariño personal por vos y que por esa amistad buscamos lo mejor para vos, por Victoria y por tus hijos ―el Gordo Yebra y Ernesto Conde asintieron con la cabeza―. Pero es importante que entiendas que Rafael era un militar de identidad reservada y que…

― ¿Identidad reservada? ―chirrió el Chivo con los dientes― ¿Desde cuándo Fauna tiene militares con identidad reservada?

― El subteniente Rafael Larralde… ―empezó a decir el asustado comandante de la Arriagada, cuando fue interrumpido.

― ¿Subteniente? ―el último ascenso que le había conocido a su hermano era el de sargento primero. El rango de subteniente ya lo convertía en oficial.

La que tomó la palabra esta vez fue Nora Russo, solitaria directora de la Agencia de Inteligencia y Legalidad, desde que su marido, al que todos conocían como Ardiles, se unió a Molteni en su motín. Además de un esposo, su fidelidad al Inexorable le había costado fracturas en costillas y húmero, que la obligaban a usar un arnés de yeso por tiempo indefinido en su costado izquierdo, pero, por lo menos, nadie podía decirle que era una traidora.

― Una de las tantas cosas que nos hizo Ardiles fue dejarnos sin espías y sin infiltrados ―la jefa de espías y el mejor conductor de la RSL no eran amigos, pero se profesaban un respeto mutuo, no exento de algún que otro roce eventual―. Los que no se fueron con él, murieron en el levantamiento, o se les reveló su identidad en terreno hostil. La Pablo Arriagada fue la única de nuestras unidades que no tuvo traidores en sus filas.

― Tampoco sobrevivientes ―aportó Ernesto Conde, jefe de la Cofradía de los Necromédicos.

― Tampoco sobrevivientes ―confirmó Nora Russo y prosiguió―. Así que, en su honor, fue la primera unidad que empezamos a reconstruir. Rafael fue de los primeros en alistarse.

― Un excelente soldado y una mejor persona ―aportó el también novel comandante de la Sección de Infiltrados. Tenía treinta años, por lo menos una década más joven que cualquiera de los presentes.

― Rápidamente nos dimos cuenta de que era nuestro mejor hombre y lo ascendimos a oficial ―continuó la jefa de espías―. Quedó como segundo de Néstor en la sección y fue uno de los encargados de diseñar la misión. No había mejor plan posible, ni tampoco mejor infiltrado para ejecutarlo.

― Rafael trabajaba en Fauna. Le limpiaba la mierda a los caballos y a los perros ―se ofuscó desde el prejuicio el Chivo Larralde.

― En realidad, Rafael nunca hizo eso ―le informó Correa, casi pidiéndole disculpas―. En la Brigada de Fauna empezó como palomero en misiones exteriores, pero enseguida se volvió explorador. No era una persona que se pudiera quedar mucho tiempo en el mismo lugar.

― La versión oficial, la que figura en los papeles, la que él decía a todos los que no estaban autorizados a saberlo, era que seguía en Fauna, pero, desde hacía meses, el lugar en la Cobija se lo daba Inteligencia y Legalidad ―Nora Russo despejó toda duda.

 

En la siguiente entrega, Dolores Tácticos.

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La Secta del Bosque Alto (Primera Parte)

 


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