El mayor limeño Miguel Larralde recibe la noticia de la muerte de su hermano menor en tierras del Círculo Argentino de Bordeu, durante una misión secreta. Juana Tizón, mujer del General Lima, le pide que no haga pública la muerte de su hermano, pero el mejor conductor de la RSL sale de la habitación furioso y sin saber qué hacer.


― ¡Chivo! ―el gordo Yebra intentó inútilmente que nombrar a Larralde lo haga frenar―. Dale, la concha interminable de tu vieja. No me hagas correrte, pelotudo de mierda.

Por algún motivo, la sucesión de insultos funcionó y el comandante de la Compañía de Motorizados detuvo su deambule. Cualquiera que le hubiera visto la cara al darse vuelta se hubiera preparado para la furia, pero el teniente coronel Fernando Yebra lo conocía lo suficiente como para saber que, esos ojos, estaban más cerca del llanto que de la violencia.

― ¿Qué hacés, boludo? Si necesitás descargarte, perfecto. Vamos a hacer unas picadas, a emborracharnos al Arranque, al Barrio Diábolo, a tirar unos tiros al polígono o lo que mierda quieras. ―el Gordo empezó a hablar bajito, al darse cuenta de que las pocas personas que había en el patio trataban incómodamente de disimular su presencia―. No te la agarres con nosotros, pero ¿Cuándo te falló Lima? ¿Cuándo te fallé yo? ¿O Juana? ¿O Ernesto? Ni de la vieja te podés quejar como para irte así.

Evidentemente, Miguel Larralde también había notado al resto de los seres humanos, porque empezó a caminar hacia el taller que Motorizados tenía en la Sede, a unos pasos de ahí, con salida a calle Maipú. No dijo nada, pero Yebra lo siguió, sabiendo que, esta vez, su amigo no se estaba escapando. Ante el silencio, el teniente con eterna cara de nene siguió hablando bajito.

― ¿Vos sabés lo que insistí para que estemos todos? Hasta al comandante de la Arriagada te traje y no le diste ni bola. Trinity y Elton hubieran venido pero están con el Viejo ―“Elton” era el sobrenombre que el Chivo le había puesto, a sus estrictas espaldas, al administrador Ricardo Lemarchand, por su parecido con un supuesto cantante de preguerra―. Me costó un montón traer a los que traje. Lima está por sacar el protocolo garcha ese y están todos a las corridas, pero los convencí para que sea hoy, porque no era justo que no lo supieras ―Fernando Yebra hizo una pausa, por si el Chivo quería decir algo. Ante el silencio, continuó por donde más le convenía―. Vamos a ir a la guerra. Se le nota al Viejo. Pero quiere tener el apoyo de los democríticos y… ―el Gordo Yebra exhaló fastidio ante el apodo que el propio Inexorable le puso a la Liga Democrática, porque siempre encontraban algo para criticar―. Qué sé yo, es una pelotudez para mí. Y se lo dije. Pero es parte de su estrategia y qué sé yo. Me tapó el culo tantas veces que ya ni le discuto.

― ¿Vamos a ir a la guerra? ―Miguel Larralde frenó su marcha en un pasillo solitario. Necesitaba confirmar que iban a atacar Bordeu.

― Te apuesto un homenaje a que estamos en guerra antes de fin de año ―los chistes homosexualoides solían causarle gracia al comandante de Motorizados, pero no esta vez.

― ¿Cuánto hace que sabías lo de Rafael? ―inició el Chivo un reproche.

― Ayer a la mañana. Me llamaron para que aporte información del túnel que encontró Troya y me terminaron contando lo de la chica de la grabación. Se viene jodido con la secta de mierda esta. No sabemos bien qué armamento tienen, pero no es ninguna gilada―el Gordo Yebra iba a seguir hablando, pero la mirada inquisidora de su amigo lo obligó a resumir esa parte―. Sabemos dónde se va a reunir la secta, pero no cuándo van a ir a reunirse. Esa es la prioridad ahora. Saber el cuándo y caerles en el momento. Pero bueno, cuando me dijeron que lo mejor era que vos no sepas nada de lo de Rafael exigí ver al General. Obviamente no me quiso recibir pero me las rebusqué. Necesitaba que Lima en persona me dijera que no te diga nada, no San Martínez, ni Lemarchand, ni siquiera Trinity. Dijo que si te enterabas en la Terminal ibas a hacer un escándalo ―una puerta se abrió y una mujer notoriamente renga salió al pasillo con un balde de madera, del que asomaban un cabo de pino y un trapo de lana desgastado―, y no quería que en… allá… se enteren que sabemos… lo que sabemos… así que decidimos decírtelo acá para que te… contengas.

El Chivo bufó de aceptación y siguió caminando en silencio hasta una curva que desembocaba en el taller de la Sede. Sabía que tenían razón. Los odiaba por eso, pero incluso en el cúmulo de su ira sabía que tenían razón.

En la siguiente entrega, el Puesto de Motorizados de la Sede Limeña

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La Secta del Bosque Alto (Primera Parte)


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