El mayor limeño Miguel Larralde recibe la noticia de la muerte de su hermano menor en tierras del Círculo Argentino de Bordeu, durante una misión secreta y le piden que no la haga pública por motivos tácticos. Ante su enojo, intercede su amigo, el Gordo Yebra, para tratar de calmarlo en el puesto que Motorizados tiene en la Sede Limeña.

 

Pese a la confirmación, el Chivo no demostró un enojo acorde. De alguna forma ya lo suponía, así que guardó su furia para cuando viera al capitán Yucatán, comandante de la Brigada de Fauna, cómplice de Molteni y responsable de la muerte de Rafael Larralde.

Sin embargo, al contener su bronca, una angustia descomunal lo tomó por asalto. Era su hermano. Su único hermano. El “Negri”, como le decía Pampita, su cuñada que lo quería como a un hermano, al más morochito de los Larralde. El único y cariñoso tío de sus tres hijos, que, mientras menos lo veían, más preguntaban por él. El último familiar vivo que les quedaba tras la guerra.

Hacía meses que Rafael no los visitaba, y no precisamente porque se llevara bien con Miguel, pero seguía siendo el Negri. Y había muerto a manos del Tigre y su unidad, los argentinos más hijos de puta que conocía, en los campos de los tipos que ocupaban el segundo lugar de esa lista. Las posibilidades de que haya recibido algo parecido a la piedad eran desoladoras.

― Lo que más bronca me da es pensar en cómo lo habrá torturado ese hijo de puta para que hable.

            ― No habló ―afirmó Yebra.

            ― Más bien que no habló. Si es un Larralde ―el comandante de Motorizados caminó hasta un mueble de eucaliptus, salpicado por manchas de aceites de distintos tonos, repleto de cajas con repuestos automotores―. Pero el hijo de puta lo habrá torturado igual.

            ― Tampoco. Se debe haber tomado la pastilla. Nora Russo tenía un tipo atado en la habitación de al lado. Un testigo, para decírtelo en persona, si no te hubieras ido a la mierda. Es un traidor de Molteni ―el Gordo y el Chivo se tocaron el testículo izquierdo―, que ahora trabaja para la Agencia. Y otras dos fuentes también lo confirman.

Lo de las dos fuentes era una mentirita blanca que el Gordo Yebra tenía pensado usar desde hacía rato. Lo del tipo atado, en rigor, también era falso. El tal Peuser había recuperado el grabador de la casa de la pequeña Caterín Altamiranda, a cambio de un trato más o menos decente a la hora de juzgar su traición a la Resistencia. No sabía nada de la muerte de Rafael Larralde, al que había visto, todavía vivo, antes de que visite a la chica. Sin embargo, estaba tan desesperado por agradar a las autoridades limeñas, que hubiera contado la versión que el Gordo Yebra y la jefa de espías le pidieran.

Cuando llegó con la grabación hasta el lugar donde lo esperaba una escuadra de la Arriagada para sacarlo de Bordeu, el tal Peuser hizo un chiste sobre que, con tal de volver a la Cobija Socialista, estaba dispuesto a hacerle un homenaje al mismísimo Inexorable. Se ve que no eran buenos días para los chistes de felatios entre hombres porque, en esa ocasión, tampoco se rio nadie. Rápidamente, el tal Peuser entendió que su vida estaba en manos de personas que lo despreciaban, por lo que eligió el camino de la sumisión.

De la variada oferta de cajas con repuestos que había en el mueble, el Chivo agarró una que no parecía tener nada de especial. La apoyó en el piso sin prestarle la menor atención y metió la mano a través del hueco que había quedado al retirarla del estante. Del fondo, sacó una botella con un líquido que pretendía ser transparente. Ninguno de los dos canabineros necesitaba una etiqueta para saber que se trataba del aguardiente casero que el capitán Tito Noche preparaba en cantidades animales. El comandante de Motorizados retiró el corcho con los dientes y se regaló un trago, largo y ardoroso.

― Y está el tema de la grabación que trajo este tipo ―Yebra continuó con el único argumento real que tenía―. Entre que Rafa se va del Molino y que entra Gendarme pasa media hora. O menos ¿Por qué Gendarme iba a ir tan rápido con la chiquita Altamiranda si tenía a tu hermano vivo? ¿Por qué iba a torturar a una nena, pudiendo sacarle información a un infiltrado limeño? Rafael se fue con honor y es un orgullo para toda la Resistencia ―Fernando Yebra apoyó su mano sobre el hombro de Miguel Larralde, que parecía calmado, abatido o ambos.

Algunas lágrimas casi asomaron en el rostro del Chivo pero, de alguna manera, las volvió a meter en los ojos. Bebió un poco más y le pasó la botella al Gordo, con una mirada que obligaba a tomar. El jefe de todos los canabineros le dio un trago intenso, sin necesidad de hacerse rogar.

― ¿Qué pasó con la piba? ―preguntó Miguel, serio como un informe escrito.

En la siguiente entrega, de Caterín Altamiranda a Troya Domínguez

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La Secta del Bosque Alto (Primera Parte)

 


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