El mayor limeño Miguel Larralde y el Gordo Yebra conversan en el puesto que Motorizados tiene en la Sede Limeña. El Chivo acaba de recibir la noticia de la muerte de su hermano menor en tierras del Círculo Argentino de Bordeu, durante una misión secreta y le piden que no la haga pública por motivos tácticos.


― ¿Qué pasó con la piba? ―preguntó Miguel, serio como un informe escrito.

― La verdad que no sé, Chivo ―Fernando Yebra se sorprendió con la pregunta―. Supuestamente se sabe. Pero yo no estoy autorizado. Y vos tampoco.

― ¿Trinity sabe?

La estructura militar de la RSL era sólida como una roca y la información decantaba sin saltear niveles. Debajo de Lima estaban sus coroneles, excepcionalmente dos desde la Traición, cada uno con su teniente. El Gordo Yebra era el teniente de la Escarnecedora de Ingleses y, si bien podía no saber la información concreta de Trinity Álvarez, podía deducir si ella conocía la respuesta a la pregunta o no.

― Calculo que no ―el líder de todos los canabineros no había tenido tiempo para hacerse tantas preguntas sobre Caterín―. No es algo que me afecte directamente así que supongo que me lo hubiera dicho.

― Debe estar viva. Si estuviera muerta ya lo sabríamos. Debe estar viva y Lima no quiere contar nada porque sabe que estamos llenos de buchones.

― Sí ―concedió Yebra parcialmente―, pero si estuviera muerta también lo ocultarían. La gente está loca. Lo último que necesitamos es que empiecen a prenderle velas a una pibita que supuestamente no sabemos ni que existe ―el Gordo disparó una sonrisa―. Hoy pateás una piedra y aparece un santo.

Se creó un silencio. Una de las peores cosas que vienen con la muerte de un ser querido es saber que, por un tiempo, uno no va a poder estar del todo bien, y los dos militares cuarentones lo sabían perfectamente. Sin embargo, era un silencio amable, pacífico, de los que hacen que uno se sienta acompañado.

― Hablando de eso, me seguís debiendo un homenaje por salvar a tu profeta ―Miguel Larralde hizo un esfuerzo para sonreír.

― ¿Vos decís? Mirá que me costó mucho conseguir que el Viejo me reciba ―cuando el Gordo quería era encantador―. El botón de los Escudos de Lima que puso San Martínez no me quería dejar pasar, así que cuando se distrajo le pegué un papel en la espalda, como en la secundaria, con un mensaje que decía “Para Manuel”. Cuando el Viejo vio el papel en el uniforme del boludo se habrá reído solo. Me hizo llamar enseguida. Insistí para que esté presente cuando te digamos, pero dijo que no se sentía bien.

― Imagino que también habrás hablado de otras cosas ¿Qué opina de lo de … ―el Chivo acompañó la oración con un gesto de su mano, mientras le robaba la botella de la mano a su amigo― …Troya?

― No necesito decírselo para saber qué puede llegar a pensar ―Yebra hizo una pausa―. Si se entera.

― ¿Y lo vas a hacer igual?

― ¿“Vas”? ―Fernando Yebra le preguntó con los ojos.

― Te juro que a veces no sé si vos sos demasiado inteligente o yo demasiado pelotudo, pero sabés perfectamente bien que siempre termino haciendo lo que vos querés.

En la siguiente entrega, Mujeres Junto al Socialismo

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La Secta del Bosque Alto (Primera Parte)


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