En el puesto que Motorizados tiene en la Sede Limeña, el Chivo Larralde y el Gordo Yebra conversan sobre la muerte de Rafael Larralde, hermano menor del jefe de Motorizados; de la desaparecida Caterín Altamiranda; del misterioso plan de Fernando Yebra, que incluye al joven Troya Domínguez; y una alianza táctica con la agrupación Mujeres Junto al Socialismo.


― No puedo hacer que mis hombres dejen de decir lo que piensan, boludo. Vos los conocés. Y conocés a mi mujer ¿Cómo carajo hago para que Victoria no diga lo que…

― No te pedí eso ―el Gordo lo interrumpió con firmeza―. Quiero que empieces a entrenar mujeres para que sean conductoras y mecánicas.

El Chivo largó una carcajada fingida, mientras le ofrecía la bebida. El teniente Fernando Yebra, a su lado, lo miraba con absoluta seriedad. La botella seguía extendida frente a él, como si no existiera. Miguel Larralde desistió y le dio un gran beso al aguardiente. Después preguntó:

― ¿La No Reconocida te pidió unirse a canabineros?

― Va a querer ―fue el único argumento del teniente con eterna cara de nene.

― ¿Ella no quiere unirse a canabineros, no? ― el Chivo le sacó la ficha al toque―. Todo esto es idea tuya.

― Es idea mía, sí. Igual que con vos al principio. Meses me estuviste diciendo que Motorizados no se podía meter en la CJS porque iban a perder autonomía y no sé qué historia ―el Chivo sonrió y le dio un nuevo trago al aguardiente, que ya le empezaba a macerar las ideas. Fernando Yebra decidió insistir―. ¿Lo tomo como un sí?

Miguel Larralde emitió la misma risa borracha que compartía con su amigo el Diablo Noche, y que se había esparcido entre sus motorizados como los apodos que le inventaba a todos y a todo. Era como una de esas carcajadas que se componían de una jota y una vocal, repetida varias veces, pero, en la versión motorizada, no había ninguna vocal. La solitaria jota resonaba desde la garganta del Chivo, como un serrucho oxidado cortando vidrio.

― Trata de que no lo tenga que hacer, pedazo de hijo de puta, pero si convencés a la No Reconocida, te prometo que lo voy a pensar ―concedió el comandante de la Compañía de Motorizados y el Gordo se sorprendió ante tanta predisposición―. Nosotros también las necesitamos. Es cierto eso. Necesitamos más presencia y necesitamos el voto de la Delegación Norte en las Asambleas. Sino el bolita y el chinito nos van a coger a todos.

― Romina te llega a escuchar diciéndole la No Reconocida y te mata ―comentó Fernando, mordiéndose el labio.

― Más me preocuparía si me escucha Tizón ― retrucó el Chivo y volvió a serruchar el vidrio de su garganta.

Los dos canabineros charlaron un rato más y dejaron el taller, a la espera de novedades sobre el inminente protocolo de seguridad. Antes, a modo de agradecimiento para con los mecánicos, tomaron unos tragos y desayunaron un poco de cannabis con ellos. Pese a que guardó el secreto de la muerte de Rafael hasta que Lima autorizó su funeral, el Chivo no pudo evitar contarles a sus hombres una anécdota donde su hermano menor, como había sido siempre, no le hacía caso. Las historias estaban totalmente descontextualizadas, aunque el fanatismo por su comandante era tan grande que los motorizados del taller de la Sede ni siquiera se lo cuestionaron. De mejor humor, se fueron cantando “El Viejo” de Pappo que sonaba en la radio.

Por la tarde, el mayor Miguel Larralde, comandante de la Compañía de Motorizados de la RSL, incumpliría abiertamente una orden impartida por el General Manuel Lima. En su Coupé Chevy SS modelo 73 se llevó a Victoria Castillo, Pampita, al medio de la nada y le contó de la muerte del Negri.

Había cargado el vehículo con agua, abrigo, comida y todo el vino rosado de las sierras que a ella tanto le gustaba que pudo conseguir, preparado para pasar días enteros, si era necesario. Ella, la mujer más hermosa de la RSL, portadora, como tantos, de un apodo puesto por su marido, recurrió a todo. Gritos impotentes, lágrimas de furia y desazón, golpes a su hombre y su auto, puteadas a la vida y al Inexorable mismo, interminables silencios. Horas más tarde, con el sol en el horizonte, el chevy volvió a territorio limeño, con Miguel Larralde y Victoria Castillo listos para ocultar su dolor, hasta que el General lo considere adecuado.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

 

La Secta del Bosque Alto (Primera Parte)


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